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Mostrando entradas de noviembre, 2020

D10S

A la misma hora en que Dieguito moría, yo estaba enfrascado en la vida de Facundo Cabral, nacido argentino y asesinado en Ciudad de Guatemala en 2011 confundido con un narco. A esa hora leía a Leila Guerriero, argentina, periodista de raza y residente más al sur de la casa Tigre, donde Dieguito moría. Y Leila, argentina que escribe con desesperación y alevosía pone en boca de Cabral una frase que él pronunció y que se me antojó como un epitafio para Dieguito: “No quería vivir. Despertarme era una tortura. Me parecía que la vida iba a ser así siempre. Pero la vida fue otra cosa”. Me gusta el futbol lo justo. A lo más un partido de tirón en la tele al año. He estado en el Sadar una vez. 1985, Osasuna-Glasgow Rangers. Ganaron los rojillos (2-0), así que la muerte de Maradona no me envilece ni me emociona más de la cuenta. Sin embargo no soy inmune a la trascendencia de los mitos. Dice Jorge Valdano, refiriéndose a D10S que: “ fue el fatal recorrido desde su condición de humano al de

Una madre ahorcada

Dicen que mató a su hija. Dicen. La Justicia lo ratificó. Ratificó. Con pruebas. Pruebas. Y ella lo negó. Negó. Nadie sabe que extraña nube negra envolvió ese cerebro, quizás enfermo. Solo ella. Ella. Y su soledad como un pálido fuego. Como un susurro de Nabokov. Nadie, ni siquiera ella, sabía que un día acabaría sabiéndose de memoria, cada página, cada línea, cada letra de “La anatomía de la melancolía”, de Robert Burton. Me hubiera gustado estar presente en esos sus diez segundos finales. Los que median entre acordonarse la soga, la cuerda, o lo que fuera y dejarse caer en ese vacío que te transporta a una galaxia infinita de luz blanca y amarga. Y sentir. Sentir ese ruido opaco que te aleja del presente, ya. Como un chasquido de liberación en la despiadada noche. Nadie sabrá, nunca. Nunca. Dicen, dicen, que un suicida accede a un segundo definitivo de lucidez mental. Y que en ese segundo se fragua a la inapelable idea que nada definitivo volverá a ocurrir, salvo, una idea concéntr

Esa tumba azul

Vi a esa madre retorciéndose de dolor mientras cenaba. ¿Dónde está mi bebé? ¡Ayudadme¡ Gritaba como si el diablo se estuviera ahogando en sus venas. Pero era su hijo Joseph, nacido en Guinea Conakry, quien se ahogaba en aquella tumba azul que alberga ya a 35.000 almas que un día creyeron en la tierra prometida. Yo cenaba mientras Caronte trabajaba a destajo. El día había transcurrido en medio de un vértigo inmóvil, entre cifras y estadísticas. Todo viciado por la nueva lingüística de la pandemia. La gente, desorientada, iba a lo suyo. Con la cabeza gacha, como subyugada por una yunta de bueyes. Se escuchaba el silencio deambulando por muchos escaparates tristes. La ciudad sonaba como río de melancolía. Contagios y muertos desindividualizados se contaban con una pereza sobrenatural. Y en medio la vida. Extraña como la ruina de una sonrisa. Una manifestación de hosteleros pedía más bares y menos políticos. Que era como decir que la política es una puta mierda gestionada por tri

Susan por un lado, Sontag por otro

“ Si tu casa está en llamas y el techo se desploma, los reflejos pueden salvarte la vida. Si un tipo duro te lanza un encendedor y lo agarras al vuelo, puedes acabar casada con un imbécil. Pero si sales de este pueblo de mierda y te pones a leer un poco, algún día los reflejos pueden servirte para desentrañar el orden de la cultura contemporánea “ Así habla Susan Sontag. Y aquí se condensa su vida. En estas 703 páginas de una sublime intensidad que te enganchan como un tobogán enloquecido. 703 páginas que te empujan hacia el centro de la tierra como una fuerza invisible. Que te atrapan porque delante no solo hay una mujer que aspiró a concentrar en su vida los años más fascinantes del siglo XX, sino un personaje que vivió y actuó para hacer real la máxima de Chéjov: "No hay nada más terrible, insultante y deprimente que la banalidad". Estas paginas, de una prosa y perspicacia impresionantes, te ayudan a descubrir a uno de los personajes más icónicos del siglo XX. Quizás e

Misas blancas

Aprovechando el bajón anímico del personal, la desmovilización y la creciente despolitización de una vida infectada, el arzobispo de Pamplona se ha venido arriba. Cansado de explorar en la metafísica de la fe, ha lanzado una OPA a la Hermandad de Caballeros Voluntarios de la Cruz. Esta Hermandad viene celebrando el día 19 de cada mes una misa negra en conmemoración del golpe franquista de 1936. La pandemia ha cancelado estas prácticas exaltacionistas, sí, pero el arzobispado, lejos de reprobarlas, quiere higienizarlas. Por eso ha propuesto a los cruzados que trasladen sus happenings subversivos a la Catedral de Pamplona. Que es como sacarlas del zulo de los “Caídos” para situar la exaltación en el gran espacio público de los creyentes. Él mismo dice: "no hay que darle más importancia, es un acto de adoración y de petición por todos, como ocurre en el Valle de los Caídos, que no se pide solo por unos sino por todos". Sí señor. Junte usted sin pudor a víctimas y verdugos

Duralex

Soy de los que ha comido en platos de duralex durante muchos años. Esa vajilla de nuestras casas que ha perdurado como los relatos de Faulkner. El Tribunal de Comercio de Orleans comunicó el 23 de septiembre pasado el cierre definitivo de la empresa. Pero como dice Rodrigo Fresán, mi memoria ahora es no lo que recuerdo sino lo que no he olvidado. Y esta vajilla está ahí, como si estuviera conversando con ella una noche de invierno alrededor del fuego de nuestro propio pasado. Y como homenaje a ese final saqué esta vieja fuente que aún aguanta en la casa del pueblo y la adorné de los últimos tomates de la huerta. Al chocar el tenedor con la fuente se produjo un ruido familiar. Y entonces la pandemia dejó de ser una maldición. Porque aquellos tomates apretaron el gatillo de la memoria. E irrumpió la maldita normalidad.

Tres días

Caminaba a duras penas, sostenida por un andador que manejaba nerviosa. Me fijé en sus zapatos, pequeños como los de una muñeca. Su rostro casi oculto por una mascarilla delataba una mujer en tiempos hermosa. Iba maquillada , quizás para ocultar la distopía dictatorial de un tiempo ya cansado. Eso imagine, pues la mascarilla solo dejaba al descubierto una mirada perdida enganchada a una soledad definitiva. Por un momento recordé a mi madre. Pero ella seguía viva, caminando por aquella acera en busca de su hermana ingresada en una residencia. Hacía veinte años que no se veían. Me preguntó por dónde se entraba. Yo iba por la misma acera cargado con un estado de alarma entre psicótico y esquizofrénico. Aquella pandemia estaba abriendo un gran agujero en el presente. -Le dije que por ahí, señalando una puerta que señalaba un futuro incierto. Llamó al timbre y oí que preguntaba por su hermana, enferma de COVID. –No señora, no. No se pueden hacer visitas a los residentes, dijo una e