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Mostrando entradas de junio, 2017

"Heminguay" no vendría

Desde hace años dedico una columna a los Sanfermines. Siempre quiero que sea la ultima. Porque es muy ingrato ser un aguafiestas. Y porque en el ADN pamplonés está escrita la inmunidad del santo. Y es que, de esta fiesta colaboracionista y despolitizada solo quedan los restos del despiece y una memoria de saldo. Los Sanfermines son, hoy por hoy, con la colaboración de todos: colectivos, peñas, ayuntamientos de derecha e izquierda, instituciones, grupos de presión, hostelería, medios de comunicación y otros agentes tangibles e intangibles, una fiesta capitalista de primer orden. Y   en ella no hay   presunción de culpa alguna. Así que de una fiesta sin igual hemos pasado a una marca sin igual. Y todos batiendo palmas. Pero el precio es la precarización de miles trabajadores al servicio de la fiesta, la exclusión de muchos ciudadanos de la misma y   el exilio forzoso de miles de ellos. Además de generar un terrorismo inmobiliario y una gentrificación homeopática   del casco viejo sin

Para echarse a temblar

Según fuentes de la Dirección General de Trafico, en una semana, la Guardia Civil de Tráfico ha detectado más de 2000 positivos en alcohol y drogas. En una semana. Eso quiere decir que, en un mes la cifra alcanzaría 8500. En un mes. Y en un año, según estas cifras y progresiones,   llegaríamos a los 92.500 positivos en alcohol y drogas. Esto teniendo en cuenta que la Guard ia   Civil puede detectar, en el mejor de los casos, a un tercio de los potenciales infractores. A esa gente que va puesta hasta las trancas.   Un tercio. Y ya es mucho pillar. Según esta estimación, que me corrija la Guardia Civil, en un año pueden circular por las carreteras españolas casi 276.000 personas puestas hasta arriba  de alcohol y drogas. Muchos y muchas, verdaderos asesinos de la carretera y suicidas renegados del presente. Esta es la realidad de un país a la deriva. No por el consumo. Allá cada cual cómo juega con su vida. Sino por las causas que nos llevan a esta locura que genera miles de muertos

Turismo por decreto

Cuando unas ciudades se han dado cuenta del   impacto del turismo de masas, la nuestra declarará al Casco Viejo Zona de Gran Influencia Turística. Con dos. Y nadie dice nada. Todo dios contento. Como si hubiera que aceptar hasta los errores equivocados. Como si a falta de la urgente revisión de la deriva de este barrio, este ayuntamiento   quisiera firmar su epitafio. Dicen que lo hacen   obligados por una normativa estatal. Cierto. Pamplona pasa de 600.000 pernoctaciones anuales y ello nos obliga a crear esta figura. Es verdad. También lo es que podíamos objetar, o negarle   a Madrid su norma. O buscarle la vuelta. O decidir de otra manera. Por ejemplo, y solo como ejemplo argumental, podíamos declarar ZGAT a Etxabakoitz, ese   vergonzante yermo urbano donde el impacto sería simbólico. Pero no. Este ayuntamiento elige el Casco Viejo porque así la afección será mínima. Porque los comercios   no van a ampliar su horario, eso   dicen. Esto me suena a equilibrismo

Prostitucionismo

Dicen que es el oficio más antiguo del mundo. Pero servidor cree que es la dominación más antigua conocida. Y es que últimamente es habitual admitirla como un hecho incuestionable, como si fuera una viga maestra que sustenta las relaciones entre hombres y mujeres. Como si esta práctica de opresión patriarcal hubiera cambiado de acera o le hubiéramos dado la vuelta para mirarla de otra manera, más amable. Pero ha sido el feminismo el que nos ha enseñado y demostrado que la prostitución no es solo un mordisco feroz en las carnes de la historia. La prostitución es un mecanismo de dominio y subyugación de las mujeres. La prostitución fue la patente de corso del patriarcalismo protocapitalista y lo sigue siendo con el tardocapitalismo neoliberal.   Y hasta la fecha nadie, o casi nadie, cuestionaba esto: que la prostitución es una transacción siniestra del poder machista que perpetua una sumisión patriarcal a través de la dominación del cuerpo y el deseo. Y esta definición, primero fe

El circo de Lodosa

Hay muertos que no buscan a sus asesinos. Ni siquiera se buscan a sí mismos. Solo quieren saber si queda alguien que les eche en falta. Porque hay muertos que no son de nadie. Son los más amargos. Porque siguen sin morir del todo. Ocurrió en Lodosa. En La Plazuela. Eran la seis de la tarde del 18 de julio de 1936. La plaza olía a circo. Pero también a sangre y a moscas. Algunos ya sabían que el futuro se acababa allí. A esa hora. Otros prefirieron buscar dónde matar el calor de una tarde sangrienta. Y allí estaba el circo para sonreírle a un verano bastardo: el Circo Anastasini. Un circo procedente de Ceuta regentado por un italiano, Aristide Anastasini. En el circo había un elefante viejo y caballos y payasos,   y una niña amazona llamada Joana que cabalgaba un corcel blanco que giraba alrededor de un destino negro. Y había moros y negros y malabaristas de Madrid y payasos italianos y magos y funambulistas franceses del protectorado español de Marruecos. Cincuenta enamorados de