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Mostrando entradas de diciembre, 2016

Faurecia: Closing Time

Aquel tipo era el baranda de Lear Corporation y había roto su matrimonio   con Faurecia. Tenía respuesta para todo, aunque le cambiaran las preguntas. Y dicen también que   firmaba despidos al son Closing Time , la vieja canción de Cohen. Y es que este cierre de persiana de Faurecia es el ejemplo más irracional del nuevo   capitalismo sin alma. Ingeniería de la codicia  llevada al extremo. De cómo el capitalismo canalla   nos ha ganado la partida. Pero no hay que sentirse culpables. Los currelas de Faurecia han dado el do pecho hasta la extenuación, han explorado todas las vías posibles, han negociado, renegociado, rendido cuentas y puesto su pasado, presente y futuro   a disposición de este capitalismo mesetario. Porque no es gente que se haya rendido o   desertado. En ello les iba la vida. Pero no ha sido posible. Ni con el Séptimo de Caballería hubieran ganado la batalla. ¿Por qué? Porque la verdad estaba ausente de la mesa de negociación. Porque Faurecia y

La estela

Estela de Festa y Rústica (Pamplona-Iruña) Si usted pasea por uno de los lugares más bellos de la ciudad, la Ronda del Obispo Barbazán, puede que se acerque a la Plaza del Arzobispado. Allí , en un pequeño jardín lateral,   este Ayuntamiento ha decidido recordar a cuatro pamplonesas   que vivieron en el siglo II de nuestra era: dos de ellas, Festa y Rústica eran hermanas y quisieron dedicar con su dinero una estela funeraria que recordara a Stratia y Antonia, parientes suyas. Este Ayuntamiento ha querido recuperar el nombre de estas mujeres para la historia de la ciudad porque Iruña también tiene nombre de mujer. Y no, no se trata de una moda. No se trata de un gesto de buenrollismo histórico. Se trata de restaurar una historia contada a medias. Una historia tuerta. Desde la Pompelo romana de estas mujeres e incluso más atrás, desde el núcleo vascón de Olcairum a la actual   Pamplona, centenares de miles de mujeres han paseado, criado, trabajado, vivido, pasado hambre, guerrea

Ultima estación

Obra de Juan Carlos mestre H acía tiempo que aquella mujer había hospedado su juventud en el cáñamo de la noche. De hecho respiraba como un susurro atascado en la agonía. Desde hace cinco años Caronte la espera con su barca amarrada a aquella casa de fúnebres fragancias. Cada noche le susurra al oído unos poemas negros que encienden sus ojos obturados por lágrimas heladas. Aquella mujer había sido visitada por el doctor Alzheimer hacía nueve años. Nueve años, como nueve ángeles recitando versos oxidados. Nueve años suspendidos en el calendario, como un ahorcado abandonado al vendaval de los enamorados. Aquella mujer vivía, sí. Pero cada día clamaba ser exterminada con un aerosol de ternura o morir bajo un arcoíris rociado de acuarelas y nenúfares. Pero no podía. O no le dejaban. Aun sabiendo que respiraba al son de una armonía que solo los muertos conocen.  Y no, esta historia no es un cuento gótico. Es pura vida. O pura muerte. Forma parte de la cotidianidad amarga de nuestro

¿Otro fútbol es posible?

En cierta ocasión que Marguerite Duras estaba sobria dijo “Lo reconozco: el alcohol suplió en mí la función que no tuvo Dios”. Cambiemos el sustantivo   alcohol por fútbol y la cita se convierte en el mejor   microrrelato sociológico que Juan José Millás pudiera imaginar. Y sí, hubo un tiempo en que el fútbol fue un juego de naturaleza popular y una fiesta para los ojos, como decía Eduardo Galeano. Pero aquello se perdió cuando el neoliberalismo económico le hincó el diente a este deporte. Desde entonces   los hinchas dejaron de ser hinchas para ser clientes. Y también los clubes, convertidos en   sociedades anónimas donde no hay socios sino accionistas. Desde entonces, el fútbol, ese juego convertido en emoción, es   algo robado. Algo que ya no nos pertenece. Pero cuestionar el fútbol, ese referente global y socializador bendecido por todo dios y del que participan 265 millones de jugadores, de los que 38 millones son profesionales, es arrojarse a las fauces de las hienas que