lunes, 10 de abril de 2017

Procesión




Me pasé por varios bancos y cajas de ahorros de la ciudad para solicitar la apertura de una cuenta corriente. No llevaba buen aspecto, cierto. Aquella noche dormí en un cajero. Lo hice para comprobar si era verdad que por la noche el dinero se movía en busca de las alcantarillas. Comprobé no solo eso, sino que el dinero viajaba buscando agujeros negros. Se decía que en las tinieblas se reproducía en forma de hipotecas asesinas y comisiones que te seccionaban la yugular. Pero a lo que iba. Me presenté en la primera entidad. El empleado me observó y sentí que me radiografiaba con una elegante tristeza. Le debí parecer el retal de un desasosiego. Pero me atendió correctamente. Me preguntó por mis ingresos. Le dije que cobraba la Renta Garantizada. Me preguntó entonces por los movimientos que solía hacer, domiciliaciones y demás. Le dije que el único movimiento que realizaba a diario era ir a la oficina del paro. Y que de domiciliaciones andaba mal porque ni yo tenía domicilio fijo. Y de cosas a mi nombre tan solo el Curriculum que había dejado en cientos de ETTs sin respuesta. Le aclaré, en un ejercicio de autoestima perdida, que yo en tiempos fui alguien. Que trabajé veinte años en una cadena pero que un ERE asesino me convirtió en prescindible. Mientras escuchaba mi relato él hacía otras cosas. Entonces me dijo que no cumplía requisitos. Requisitos de qué, pregunté. Usted cree esto es gratis o qué, contestó.  Si quiere una cuenta debe tener tarjeta de crédito y domiciliar algo. Aunque sea su desesperación. Y eso le costará ocho euros al mes. Entonces le leí la carta de Benedicto XI (1745) a los obispos donde se declaraba pecado de usura el cobro de intereses abusivos. Y que muchos banqueros por ello fueron condenados a pena capital. Entonces llamó al guardia de seguridad. Me acusaron de subvertir el orden constitucional.

Artículo publicado el lunes 10 de abril de 2017 en Noticias de Navarra

domingo, 9 de abril de 2017

¿Cómo será la vida cotidiana sin ETA?

AFP/Getty Images

Nota: Este artículo se publicó en abril de 2007 en diversos medios. Justo hace diez años. Han pasado diez años para llegar al desarme al que asistimos ayer 8 de abril en Baiona. Que la historia juzgue y nos juzgue. 


¿A que se lo han preguntado alguna vez? Y, seguro que se han encontrado con un enigma suspendido en la nada. Tal vez porque hemos  interiorizado  la  inestable fluctuación de su destino.  O porque  todos los mecanismos racionales nos han fallado para buscar una lógica a su supervivencia. Uno cree que ETA ha sodomizado la razón. Que ya es jodido en estos tiempos de barbecho argumental. Porque  más  allá de la tensión política, más allá de haber fagocitado todo intento de disidencia sociopolítica,  ha provocado un allanamiento cotidiano de la existencia. Que es una sumisión más sublime. Pero hubo un tiempo en que ETA estaba ubicada en otro imaginario, en otro espacio  más ajeno a nuestras vidas. En otros territorios a los que nunca concebimos viajar. Porque quedaban muy lejos. Formaba parte, al igual que otras muchas representaciones sociales, de algo inaccesible, extrínseco. Sabíamos que estaba porque cada día llamaba a la puerta. Pero había una frontera. Entre su vida y la de los demás. O la muerte de los demás. Era ella y su fe insondable. O su estrategia, o su incansable  búsqueda de una  cartografía soñada. La  del país elegido. Y de aquello, de aquel Destino Vasco en lo Universal, mucha gente participó. Como hoy. Para qué negar la evidencia. Pero por aquel entonces,  ETA quedaba lejos y no salpicaba. Quizá, para muchos formaba parte de la familia porque siempre tuvieron una nostalgia insatisfecha. Pero para la gran mayoría del manoseado pueblo vasco, no. ETA no formaba parte de nuestras vidas porque no discurrían por la misma vereda. A lo sumo, había un atajo espiritual por el que acceder a aquella Comunión de los Santos cargada de redentorismo territorial donde todavía muchos encuentran un remanso de paz interior. Pero entonces no estaba cerca, aunque sabíamos que estaba la vuelta de la esquina. Y es que ETA aún no nos había implicado globalmente  en su  esforzado viaje, en su terrible itinerario.  Eran tiempos en que la política y sus  grandes construcciones  se estaban cimentando. Quizá en contra de muchos, de muchas utopías en barbecho, de muchas renuncias, de muchas esperanzas y de mucha sangre. Pero la realidad se imponía. Eso sí, entre urna y sometimiento. Y ETA, que todavía estaba asistida por su primera generación, comenzaba a emerger del zulo para hacerse presente  en el universo político  y metapolítico. Y, poco a poco, a fuerza de reventones, de popularizar el discurso duro de la existencia vasca, su verbo se hizo carne. Y entonces todos nos implicamos. Quizás a la fuerza. Para decir si, para decir no, o para mirar para otro lado. La gran mayoría para llamarse andana. Porque quizá no había más remedio si querías salir inmune del combate. Pero llegó un  momento definitivo en que ETA se instaló entre nosotros. Y fue cuando por boca de otros, ETA oficializó su discurso, lo puso en circulación y caló.  Porque ETA desprivatizó y desmonopolizó su producción dramática, hasta entonces clandestina y ajena, para hacernos a todos  partícipes y responsables de la misma. Porque la colectivizó. Socializó el dolor y la furia, la venganza, la sangre y el sinsentido, el dolor y la represión, las torturas y la cárcel, el si y el no, el todo o nada por la patria.  Todo se amalgamó en torno a sus siglas de las que fueron colgando, sin quererlo o sin reconocerlo abiertamente, otras.  Nuestras vidas se absolutizaron  y todo fue ya un conmigo o contra mí. Y todo pasó, al menos en este país, por tener que diseñar estrategias sociales, familiares, políticas, culturales, económicas o personales en función de su presencia. Porque era imposible no reconocer su exhalación detrás del cogote. Y quienes vivimos aquí ya no supimos distinguir las fronteras que delimitaban la locura de la normalidad. Porque hubo momentos en que ETA justificó hasta lo innombrable. Y muchos le siguieron. Y ya nadie deseaba morir porque no había sitio a causa de tanta muerte. Y también  hubo gobiernos españoles que traicionaron la máxima Ley que juraron por sus muertos. Y así, ETA volvió a sentir justificada su presencia. Y, tal vez sin proponérselo, ya era parte de todos nosotros. Mientras tanto,  nuestras vidas públicas y privadas se iban devaluando después de cada cotización de sus acciones. Y entonces fuimos rehenes de su cuenta de resultados. Uno pensaba enloquecer, aunque sabe que solo enloquecen los taciturnos y los charlatanes. Por eso, aquel tiempo requerirá una restitución sin excepciones. Fue  entonces cuando  otros vieron su oportunidad de negocio. El negocio de la sangre.  La prensa, el poder mediático, la derecha fascista, la gran banca, la Iglesia católica y algunos partidos vieron en la producción de ETA el filón de su riqueza argumental, ideológica y hasta económica. Y entonces ETA fue asimilada al escenario como un fenómeno sociológico más. Peor aún. Como un elemento de consumo más. Por un lado se renegaba de ella, pero por  otro no se podía vivir sin su presencia. Sin la plusvalía de su producción. Se había consumado su estancia. Porque el gran capital la había santificado como elemento de consumo. Porque, aunque su producción fuese irracional, para algunos era, y es muy rentable. Tal vez ETA supo entonces  que su lugar en el mundo   se reducía a un sueño incumplido. Mal asunto.  Y tal vez sepa ahora que no puede seguir tensando el arco de una historia interminable. Porque la flecha nunca llegará a su destino. Quizá por eso,   decidió frenar en seco. Y todos nos dispusimos a creerle. Pero más que a creer en su final, quisimos liberarnos de su tutela emocional y  racional. Y es que  había sacralizado otra dominación más perversa: la personal. Y entonces confiamos en que esta vez no había vuelta  atrás. Que ahora se abría un camino sin retorno. Pero la hubo. Porque estalló la T4. Y se volvió a justificar. Como si nada hubiera pasado. Como si los hechos deambularan perdidos por el limbo. Porque al parecer nada ha cambiado: léase la última entrevista de ETA.  Pero sí,  algo ha cambiado. Y es la profunda creencia en la inutilidad de tanta sangre, algo reconocido teóricamente desde hace tiempo, pero definitivamente sancionado  por la racionalidad de la gente corriente. Aunque quede para dentro de treinta años la restitución de tanto drama  que aún no nos conmociona. Y  quizás en este punto nos encontramos. ETA sigue siendo  algo más que un grupo armado por la historia, de fuertes vínculos, de arraigadas fratrías y de neuronas bendecidas por la fe en una Tierra Prometida. Vale. Y aún tiene sus fieles. Vale, allá ellos. Respetemos eso. De verdad. Pero el conjunto de este pueblo camina en otra dirección. Yo no se si correcta o equivocada. El día a día nos lo dirá. Lo que si sé es que está aprendiendo a vivir sin la cotidianeidad de su presencia. Porque comienza a ser indiferente. Y quien nos es indiferente, ya no existe en nuestras vidas.  




lunes, 3 de abril de 2017

Eutanasia social

El Roto
ETA ha muerto. Incluso antes de anunciar su defunción. Pero con la casquería de sus restos, algunos fiscales y no pocos políticos preparan barbacoas para seguir comiendo caliente del pecado que condenan. ETA, digámoslo alto y claro, ya no es rentable para nadie.  Pero con sus cenizas muchos psicópatas de misa diaria y despacho oficial trafican buscando su resurrección. O eso pareciera. ETA  fue durante años el principal activo penal de un negocio redondo cuyas acciones cotizaban en el mercado del dolor y la sangre. Con ella y contra ella las  urnas se llenaron de víctimas y también de un cinismo bastardo. Pero ahora, su  desaparición deja en evidencia a  muchos que se alegraban viendo trabajar a los enterradores.  Y ya es jodido decir esto. Porque uno  sabe a lo que se expone.

El desarme de ETA  ha pillado en renuncio  a muchos  funcionarios de infierno.  A esos espíritus agrietados  a los que ni Dios podría salvar aunque se pusieran de rodillas. Muchos de ellos  han  reactivado el antiterrorismo legislativo  como forma de gobernanza social. Como estrategia envenenada de control político y social. Porque en ausencia  de éste pareciera necesaria su perpetuación simbólica y discursiva. Porque a falta de ETA habrá que inventarse otros nichos de mercado para saciar a esos rentistas del terrorismo. Todo se ha vuelto honorable y banal. Y esto explica las detenciones  de Altsasu y su posterior tratamiento,  la inculpación bastarda contra la tuitera Cassandra o las pervertidas acusaciones contra los detenidos en Pamplona el 11 de marzo. El PP se sabe inmune en esta fascismocracia española.  Y  cada día es un Rubicón en que uno anhela ahogarse y desaparecer. Llegado aquí, esta columna me aburre. Tírenla si quieren. Pero en este estercolero, la pesadilla es la única forma de lucidez.

Artículo publicado en Diario de Noticias el 3 de abril de 2017

jueves, 30 de marzo de 2017

Huesos y piedras


En aquel solar aún resuenan las proclamas de una clase obrera que se sintió imbatible. Allí se troquelaron sindicalistas de raza, obreras de acero y proletarios que creyeron posible cambiar el mundo. Allí se levantaron las barricadas de una época que hizo de Navarra una cantera de utopías. Pero hoy, en la vieja fábrica de Súper Ser se escuchan otros latidos. Allí reposan, poca gente lo sabe, los vestigios más antiguos de nuestra prehistoria. Miles de objetos recuperados de entre los agujeros de la historia juegan al escondite con el tiempo:  utensilios de caza, adornos, vestidos, lanzas, collares, anillos, tumbas, estelas, mosaicos, abalorios, arcos, flechas, monedas, dientes, herramientas de sílex, miliarios, esqueletos y hasta las almas de nuestros ancestros pululan por este almacén que, desde 1996 se conoce como los fondos de Arqueología de Navarra. Y están ahí, donde Ikea, esa multinacional del bricolaje estético low cost, quiere instalarse. Eso se dice. Si así fuera, esos miles de objetos deberían encontrar un mejor retiro.

Les propongo lo siguiente. Ya que no sabemos qué hacer con el nonato Reyno de Navarra Arena, ese faraónico proyecto digno de cualquier dictador megalómano que costó 60 millones de euros; por qué no lo convertimos en el gran Museo Arqueológico de Navarra. No solo podría ser un lugar mucho más digno para ubicar y visualizar ese patrimonio absolutamente desconocido por el gran público, sino también una oportunidad para agrupar todas las colecciones museísticas repartidas por los numerosos lugares por donde la memoria de esta tierra se pierde reclamando cierta unidad narrativa. Y sí, puede que escriba al dictado emocionado del instante.  Y que el Navarra Arena esté empantanado en un bucle ciego. Pero tanto hueso y tanta piedra reclaman templos y altares más dignos.
Artículo publicado el 27 de marzo en Noticias de Navarra

Sangre en las venas



En aquel reino, las alcantarillas de desagüe estaban anegadas. Durante años, siglos quizás, la clase política había infectado los sumideros por donde políticos corruptos, periodistas de pesebre asegurado y usureros de misa diaria, ocultaban sus patrióticas golferías. Aquel reino en bancarrota navegaba a la deriva desde hacía tiempo. Pero a nadie parecía importarle salvo a los ahogados en las aguas de la pobreza. Y eran casi trece millones los que perdían la vida en el cáñamo de la fatalidad. Pero daba igual. Porque allí la verdad yacía muerta en los tribunales de Justicia convertidos en barracas de feria. Allí, la precariedad se había convertido en el mejor antídoto para gobernar a esa turba confesada por cardenales negros. Allí, las palabras dormían mudas. Sonaban a hueco. Vaciadas de sentido giraban  muertas de risa alrededor de un acantilado de renuncias. Allí, llamar a las cosas por su nombre, nominar a los corruptos y cantar las cuarenta a la Corona, se había convertido en un pasatiempo que aburría más que sublevaba a la gente. Aquel reino se mexicanizaba poco a poco sin que nadie, salvo una izquierda biempensante y polimorfa que dominaba en algunos califatos, se inmutase. Pareciera que la gente hubiera huido ante aquel espectáculo bochornoso. Y sí, se sabía que  aquello tenía que reventar, pero la gente desconfiaba de una nueva victoria. Porque aquellos desmanes les parecían tan venerables como la fantasiosa evocación que producían. Así las cosas, nadie entendía por qué no se asaltaba La Moncloa. Entonces un profeta dijo que a la gente ya no le corría sangre por las venas. Que toda se había licuado en las hogueras de la sumisión. Entonces, un relámpago recordó que se cumplían cien años de aquella revolución que quiso romper los pilares del mundo.


Artículo publicado en Noticias de Navarra