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Resignificar, ese verbo viral

Imaginen, imaginen por un momento, que Trump turistifica Gaza, que todo queda muy cuqui y en honor de los muertos judíos y el ensalzamiento de los sagrados valores de Israel y su cruzada contra el terrorismo palestino, los arquitectos judíos levantan un monumento conmemorativo de este genocidio bendecido por Yahvé. Imaginen ahora que el tiempo ha transcurrido. Pongamos 50, 70 años. Entonces, algunos dirigentes del pueblo palestino ya muy anestesiados de aquel horror e integrados en la nueva normalidad pactista, deciden resignificar el monumento, sustraerle de toda la carga violenta de su constitución, de toda su brutalidad levantada sobre la sangre de miles de palestinos asesinados sin pudor alguno. Es decir, darle un nuevo sentido a su inquietante y desafiante presencia. Porque los nuevos dirigentes palestinos, aun reconociendo que aquel monumento se levantó para honrar y reconocer a los verdugos de 80.000 palestinos, insisten en que no hay otra manera de cerrar la herida, sanar el...
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Liquidación por cese de negocio.

Día sí día también, las persianas bajan de golpe. Sin un mañana más. En muchos escaparates cuelga la esquela “liquidación por jubilación”. Numerosos negocios cierran habiendo perdido la fe en la resurrección. Como esos 500 comercios que han cerrado en Pamplona en los últimos diez años. Un dato que conmueve y que sigue imparable, como la desesperante evolución de una enfermedad grave. La Infantil y Sombrerería Gutiérrez han sido los últimos. La droguería López sigue en cola. Y sin embargo, este comercio es imprescindible. Porque genera redes de vecindad, identidad de barrio y procura seguridades invisibles. Estas tiendas nos orientan en la vida diaria. Sin ellas se produce un desapego del territorio que nos lleva a la indiferencia. Y entonces nos vamos. O nos echan. A esta sangría se le llama gentrificación comercial, es decir, la sustitución de unas tiendas al servicio de las necesidades de la vecindad por otras al servicio de turistas o clientes fugaces. Esto empezó hace años y e...

ELÍAS ANTON

Elías Anton era un volcán, ideológico, político y humano. Podías estar, más o menos de acuerdo con él, pero su rotundidad, su convicción a la hora de confrontar las ideas que le sostuvieron frente a la tortura, la persecución, la acción política y la vida misma, eran demoledoras. Y ante eso te rendías. Quedar con él era como volver al tiempo de los ilustrados, de la razón, de la discusión sin aristas, aunque en ocasiones éstas fueran cortantes. “A los tibios los vomita el Espíritu Santo” decía. O aquella otra vez que, sin saber de quien era la cita dijo: “hay dos tipos de personas, las que se elevan y las que se inclinan”. Yo tengo claro que no soy de estas últimas. Quedar con él era un desafío que te hacía temblar previamente pues no sabías bien dónde íbamos a acabar. Si en Trotski, en Lenin, en Melitón Manzanas o en aquella fábrica de relojes de Moscú en la cual le regalaron un reloj que aún llevaba y que marcaba un tiempo ya pasado pero al cual él nuca renunció: ¡soy marxista ¡ me...

No se atreverán

Tal día como hoy, hace 80 años, hacía mucho frío en Auschwitz. Eran las tres de la tarde cuando el Ejército Rojo de liberación cruzó la verja del campo de exterminio nazi donde habían sido asesinados 1,1 millones de judíos. Los soldados rusos encontraron 2819 prisioneros que justamente respiraban. Muchos murieron ese día, como esperando la libertad para cerrar los ojos para siempre. Hoy se cumplen 80 años de aquello. Por eso hoy se conmemora el Día de las Víctimas del Holocausto. Cómo se llegó a aquella brutalidad despiada es tan sencillo como preguntarnos cómo se ha llegado al impune genocidio de Gaza. A principios de 1933, en vísperas del ascenso de Hitler al poder, los dirigentes del partido socialdemócrata alemán, pensaron que Hitler sería un fenómeno pasajero, que no se atrevería. Sin embargo, en septiembre de 1933, Hitler llevó a cabo una monumental redada para limpiar Berlín de vagabundos y mendigos. Solo en un día se deportaron a 100.000 personas. ¿Les suena? Los fascistas h...

Así no

El sábado mucha gente, incluso militantes de EH-Bildu, se manifestaron por las calles de la ciudad. Nos convocaban las Asociaciones Memorialísticas por el derribo de los Caídos. No me entretuve en contar la gente, pero el malestar con el acuerdo político consensuado por una izquierda travestida incapaz de someterse a la ley y a su propia memoria, era notorio. Porque ese acuerdo, aunque se afirme lo contrario, devuelve la luz a un muerto que pronto cumplirá cincuenta años. No sé si parte de esa izquierda que ha sucumbido al pacto de “susto o muerte” marcado por una línea roja impuesta por el socialismo navarro, se sentirá interpelada. Sería deseable. Por aquello de recuperar ese tiempo en que las certezas eran más rojas y la nieve más blanca y hasta nos rebelábamos mejor, que diría Alba Rico. Porque no hacerlo es participar del relato perpetrador. Porque este edificio es el mayor símbolo de humillación a las víctimas del franquismo en Navarra. Echar mano de un relato pedagógico que d...

CARRETERA Y MANTA

En un bar de carretera, poco antes de llegar a Aguilar de Campo, me paré para soltar lastre y reanimarme con un cortado. Era la hora de comer. El bar tenía un aspecto setentero pues aún servía los cubatas de whisky Dyc en vasos de tubo. Pero a esa hora olía a cocina castellana lo que hacia presagiar que el menú del día sería imbatible. Dentro del bar, un grupo de obreros de conservación de carretas salpicados de alquitrán elegían sus menús. La TV emitía un pleno del Congreso que enfrentaba al PP con el PSOE a costa de la corrupción. Mientras los políticos se empeñaban en defender el honor, la justicia y la importancia de los problemas de la gente común, aquellos obreros de carretera hacían oídos sordos. No lo hacían a propósito. Ellos iban a lo que iban, a comer para sostener aquella jornada y de paso, si se terciaba, como cada día, hablar del encargado, del tiempo, del contrato laboral y de las horas enganchadas al alquitrán como un pegamento esclavista. No se quejaban, hablaban ...

La mala costumbre

Lean a esta mujer. Háganlo para salir del armario o para destrozarlo con lágrimas en los ojos. Lean a Alana S. Portero como se lee a Genet, a Paul Preciado o a Valle Inclán. Con la tensión crujiendo tras cada salto de página, con la angustia que se siente cuando tienes un anzuelo atravesándote la garganta, con el dolor que se siente cuando una motosierra te trepana el cerebro. Porque todo eso nos pasa cuando leemos “La mala costumbre” . Porque esta novela autoficcionada es un descenso a los infiernos donde el dolor no tiene tregua. Pero también es una búsqueda incesante de ese cuerpo ajeno, extraño, propio y común que siente una rabia seca tras llegar al fin de la noche sin regalo alguno. Pedro Almodóvar recomienda leer esta novela para “hacerse una idea de cuánto sufrimiento, cuanto dolor, cuánto riesgo hay en el hecho de nacer en un cuerpo equivocado”. Yo creo que Almodóvar se equivoca. Pues no hay cuerpos equivocados. Hay sociedades, ideas, conceptos, ficciones equivocadas. Por...