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Operación «Rubicón Moncloa»

Trump se encontraba jugando al golf en su mansión de Florida cuando ordenó el ataque sobre Venezuela con el objetivo de secuestrar a Maduro. Cojeaba ladeado sostenido por una artrosis reaccionaria. Nadie diría que el mundo podía salirse de su eje. Trump iba conectado a un pinganillo que le mantenía informado sobre los pasos de los comandos de mercenarios amparados por los Delta F0rce. En el momento que Trump hizo el primer “birdie” ordenó la operación. El psicópata de manual hizo así coincidir los dos disparos, el de su palo de golf y el que anunciaba la invasión blanqueada sobre el cielo de Caracas. A miles de kilómetros de allí, en Madrid DF, Feijoo y Abascal aún seguían celebrando el fin de año sanchista con una fijación tan patológica como Witold Gombrowicz por las ferreterías. Por eso, cuando se enteraron de la operación “Resolución absoluta” se llamaron inmediatamente. A ambos se les iluminó la mente pues aquello que ocurría tan lejano, pensaron, podía ser remasterizado en plan operación “Rubicón Moncloa”. Si Trump se había venido arriba con Maduro, qué razón podía impedir que se viniera más arriba con Sánchez a quien en su día mandó callarse en la cumbre del G20. Todo el mundo sabía de la inquina de Trump hacía Sánchez y en consecuencia hacia España donde Trump había diseñado un proyecto para privatizar todo el sol mediterráneo y los 7905 kms. de costa cuya reconstrucción y posterior reconversión privada se había prometido liderar para convertirla en la prolongación del resort de Gaza. Tanto Feijoo como Abascal apostaban por esta operación, única manera de salir de un bucle que acumulaba variaciones concéntricas donde nunca ocurría nada al carecer de apoyos para expulsar a Sánchez de La Moncloa. Así que el binomio fascista español solicitó a Trump que, ya puesto, por qué no aprovechar los Delta Ford instalados en la base de Rota para bombardear La Moncloa al objeto de detener a Sánchez, íntimo de Maduro, y por tanto sujeto a procesamiento por colaboración con operaciones de narcotráfico y a Begoña Gómez, a quien se podía acusar de correspondencia ilegal con Cilia Flores , esposa de Maduro. Ahora bien, la cuestión era como justificar legalmente aquel happening subversivo. De sobra era conocido que a ambos ultraderechistas las normas jurídicas, el derecho constitucional e internacional se la traía al pairo. En esto coincidan con el Nerón contemporáneo. Lo importante era dar con un eslogan, una marca, una idea fuerte que enganchara a Trump como fuente de inspiración para la reconquista del espacio europeo y convertirlo en el nuevo protectorado global del atlántico norte. Make Spain Great Again (MEGA) sería el lema que serviría para enmarcar un proyecto de liberación nacional frente a un futuro cancelado y un pasado que echamos en falta. España debía volver a la edad dorada, la patria, el orden, la vida mejor de nuestros padres, los roles de genero en su sitio y la clase sin interferencias de ascensores sociales. Esa sería la primera fase, luego vendría la otra. La conquista económica de toda Europa y sus recursos. Todo estaba listo. Trump exigió el exilio del Borbón y toda su familia y requirió que, una vez detenido Sánchez y trasladado a New York junto a Maduro, la vicepresidenta Yolanda Diaz asumiría el control de gobierno sujeto al orden trumpista, es decir, «venimos aquí porque podemos, nos quedaremos aquí lo que convenga y decidiremos quien manda según nuestros intereses económicos». Trump llamó por teléfono a Yolanda Díaz y le dijo que venía a decirle lo que quizá no debía decirse. YD aguantó la grosería con la incomodidad atragantada por el miedo. No obstante, la vicepresidenta se repuso. Ya tenía preparada la respuesta cuando al otro lado del teléfono se oyó un disparo seco, como un pozo del desierto, como una oración sin sujeto ni predicado. Trump emitió un leve gemido y Yolanda Díaz solo pudo imaginar un fusil aún caliente y humeante.

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