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ELÍAS ANTON

Elías Anton era un volcán, ideológico, político y humano. Podías estar, más o menos de acuerdo con él, pero su rotundidad, su convicción a la hora de confrontar las ideas que le sostuvieron frente a la tortura, la persecución, la acción política y la vida misma, eran demoledoras. Y ante eso te rendías. Quedar con él era como volver al tiempo de los ilustrados, de la razón, de la discusión sin aristas, aunque en ocasiones éstas fueran cortantes. “A los tibios los vomita el Espíritu Santo” decía. O aquella otra vez que, sin saber de quien era la cita dijo: “hay dos tipos de personas, las que se elevan y las que se inclinan”. Yo tengo claro que no soy de estas últimas. Quedar con él era un desafío que te hacía temblar previamente pues no sabías bien dónde íbamos a acabar. Si en Trotski, en Lenin, en Melitón Manzanas o en aquella fábrica de relojes de Moscú en la cual le regalaron un reloj que aún llevaba y que marcaba un tiempo ya pasado pero al cual él nuca renunció: ¡soy marxista ¡ me gritaba en tiempos en que tuvimos durante años una relación laboral intensa. Elías era un volcán en permanente erupción. Lo demostró la semana pasada firmando “Cortinas de humo” ese artículo frente a la imposible resignificación de los Caídos. Quizá su ultima batalla. Y eso le honra.

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