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La alegría del contenedor



Caminaba cerca de la estación de Renfe, eran las once de la mañana y el frío de Pamplona apretaba como los recortes de un tal Mariano. Cerca de un contenedor de basura, ahora tan cotizados por gentes traumadas por un presente inclemente; un hombre, quizás rumano o húngaro,  alto, delgado y con la mirada perdida entre los pliegues de una ropa ajada por el tiempo, caminaba de la mano de un niño de no más de ocho años. El pequeño, de rostro moreno y piel brillante como la vida por delante que podría esperarle, echó a correr hacia el contenedor. Me acordé de algunas imágenes vistas y revistas en la televisión. Hace tiempo, cuando nosotros gozábamos de ese plus de felicidad por decreto que ahora se dispone a ser rescatado por malversación. El niño vio un camión de bomberos, prácticamente nuevo, y volví a reiterarme que tal vez  habríamos vivido por encima de nuestras posibilidades. Pues tirar un camión de bomberos nuevo, o casi nuevo a la basura en estos tiempos de incendios, podía ser una broma de mal gusto. Pero allí estaba el camión, flamante. El niño lo cogió y se lo mostró a su padre quien lo observó con detenimiento y en un gesto inundado de belleza, se lo entregó a su hijo como un regalo llovido por un cielo ennegrecido. Pero la sonrisa del niño borró de un plumazo la severidad del tiempo que se detuvo ante el contenedor. Me acordé entonces del texto "Claus y Lucas", de Agota Kristof, esa gran autora húngara quien narró con un estilo despiadado los escenarios sombríos de la Europa del Este suspendidos entre la guerra y la paz.  En "La Tercera mentira", de Agota Kristof, pasado los horrores de la guerra mundial, los hermanos Claus y Lucas, de la edad de ese niño que he visto hoy cerca de un contenedor de la Renfe, tratan de alcanzar, a través de sus travesuras, la verdad duradera,  la única posible, la edad de la inocencia, esa que comienza con ese camión de bomberos que todos hemos utilizado para apagar el fulgor de nuestros sueños. 

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