El escritor Martín Caparrós se muere. Él mismo lo confirma con la seguridad triste de los que alguna vez fueron adictos a algo. Le queda poco, unos años. Quien se lo pronostica no quiere aventurar cifras. Pero él sabe que es cuestión de tiempo. Un tiempo inerte, como la mirada del corzo ante la ballesta. «Sindiós» es su alegato; el de un ateo sin remedio que dice cosas como esta: «debe ser desolador saber que uno desaparece, pero peor aún debe ser ese momento si pensás que, en instantes, vos —o tu alma o lo que sea que seas— vas a tener que rendir cuentas (…) Y todo sin garantías procesales». Mas le valiera, pienso, creer, como dios manda. En cualquier dios, pero creer. Como hacen nueve de cada diez personas en el mundo. Mira Trump, Dios está de su lado, dice. Mira Rosalía, gracias a su fe de Lux siente: «un deseo que creo que solo Dios puede llenar» O Amaia, la de la Oreja, que ahora cree en Dios tanto o más que los poperos cristianos de Hakuma. O las más de 250.000 personas...
El blog de Paco Roda