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100 años de “Fiesta”

No sé si queda alguien en la ciudad que no sepa quién fue Hemingway. Otra cosa es quién ha leído a Hemingway. Y más. Quién en la ciudad se ha leído “Fiesta”, la novela del nobel de la que ahora se cumplen cien años desde su primera edición en 1926. Más bien poca gente. Así que ojo al dato, que diría JM García: en el mundo anglosajón es lectura obligada en universidades y objeto de estudio académico sobre el que se ha escrito desde múltiples perspectivas. El otro día vino a Pamplona, convocado por el Ateneo Navarro, Rodrigo Fresán, mitad argentino, mitad catalán, sin mucho renombre, pero de tal calidad literaria que bien podría aspirar al nobel. Manuel Bear, con una maestría periodística imponente, trazó con él un dialogo sobre “Fiesta” que fue más allá de una conversación sobre la novela y su significado. Fue una rave intelectual en manos de quien sabe preguntar y quien sabe responder. Se habló de la novela “Fiesta”, de su impacto en los sanfermines, que si sí que si no, de la masificación sanferminera, que si Hemingway acarrea la fama y “culpa”, así entrecomillado, de su turistificación. Y se habló de él, claro. De las veces que vino, de su porte y talante, de sus amigos y amigas, de sus amistades, de sus gustos y pasiones, de los bulos que acumula, pero sobre todo se habló de su arte literario plasmado en la novela “Fiesta”. En la audiencia había notables de la ciudad, entendidos en sanfermines, en metaficciones pamplonesas y gente que no se pierde una. Vamos, que había nivel. Un nivel que sorprendió incluso al propio Fresán que no lograba entender como “Fiesta” era tan poco conocida en Pamplona, algo que uno de hemingwayistas de pro, trató de contestar y contextualizar. El caso es que pareciera que Hemingway iba a aparecer por allí para celebrar su propicio centenario cargado de ese tinto en bota que tanto gustaba al nobel. Y pareciera que iba a aparecer Juanito Quintana, el dueño del Hotel Quintana donde el yanqui y sus colegas pasaban las fiestas. Parecía que “Fiesta” iba a ser declarado libro del año en la ciudad. Parecía. Pero todo se quedó -y no es poco- en una excelente tarde donde la literatura triunfó de la mano de Rodrigo Fresán y su mozo de espadas, Manuel Bear. Un placer.

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