Vi el eclipse en el punto situado justamente a 42º, 28´ 54´´ N y 1º, 58´34,2” W. Por frente tenía una tierra llena de matices, árida pero jugosa y rica en huertas y regadíos de toda la vida que aspiraban del viejo Ega. A mi espalda, una peña incendiada de color rojizo salpicada de cuevas excavadas en una vieja pared de yesíferas terciarias, arcillas y margas. Bueno, dicho así suena petulante. Así que mejor decir que lo vi en la Peña de Lerín, al lado de la ermita de la Blanca. El Oeste anunciaba un espectáculo que miles de personas esperaban con la respiración entrecortada. Al cabo de unos segundos, el cielo enmudeció. Vi pájaros posados en los cables, en perfecta alineación, que huían en desbandada, como si intuyeran la muerte de la luz. Todo iba oscureciéndose de manera precipitada, como saltándose todos protocolos dando paso a una luz que nunca había visto antes. Todo anunciaba el inicio de algo que nacía del fondo de un universo, que no por conocido, resultaba ignoto y lejano. Ocu...
No sé si queda alguien en la ciudad que no sepa quién fue Hemingway. Otra cosa es quién ha leído a Hemingway. Y más. Quién en la ciudad se ha leído “Fiesta”, la novela del nobel de la que ahora se cumplen cien años desde su primera edición en 1926. Más bien poca gente. Así que ojo al dato, que diría JM García: en el mundo anglosajón es lectura obligada en universidades y objeto de estudio académico sobre el que se ha escrito desde múltiples perspectivas. El otro día vino a Pamplona, convocado por el Ateneo Navarro, Rodrigo Fresán, mitad argentino, mitad catalán, sin mucho renombre, pero de tal calidad literaria que bien podría aspirar al nobel. Manuel Bear, con una maestría periodística imponente, trazó con él un dialogo sobre “Fiesta” que fue más allá de una conversación sobre la novela y su significado. Fue una rave intelectual en manos de quien sabe preguntar y quien sabe responder. Se habló de la novela “Fiesta”, de su impacto en los sanfermines, que si sí que si no, de la masi...