Hay días que ciertas imágenes o noticias, te nublan la vista, te sacan de tus casillas. Entonces, te viene a la mente ese verso de Emily Dickinson que dice “Sentí un funeral en mi cabeza”. Otras veces, las menos, oyes o lees o ves algo, y lloras porque sabes que nunca es demasiado tarde para nada. Ocurrió la semana pasada. Que el parlamento israelí aprobó la pena de muerte por ahorcamiento que se aplicará a los palestinos convirtiendo el asesinato en un asunto perfectamente legal. El impulsor de esta medida fue el ministro judeofascista Ben Gvir quien lleva en el reverso de la kipá, ese bonete que cubre la coronilla de muchos judíos, hilvanada una horca con hilo de oro. Gvir se encomienda a Yahvé tres veces al día y entre plegaria y plegaria, su abyecto corazón bombea litros de odio. Por eso celebró con champán que los palestinos pudieran ser asesinados con todas las de la ley. Por si quedaba alguna duda de que Israel ha agotado toda forma de piedad. Ver a ese tipo brindado por la ...
Mear se va a poner difícil. Ahora, si pasas de los sesenta y te viene el apretón, tienes hasta nueve baños públicos donde desaguar. Pero la cosa pinta mal. Este ayuntamiento, empeñado en ofrecernos una ciudad instagrameable, se va a dejar una pasta en el nuevo Paseo Sarasate con aspiraciones competitivas con Les Champs-Élysées. Y en ese reencantamiento del paseo, los baños públicos sobran. Joder, una ciudad sin urinarios te obliga a vivir con la vejiga en estado de alerta. Argumentan que mear será lo de siempre, pero sin bajar esas escaleras que más de uno ha confundido con la entrada al metro de Pamplona o con un subterráneo a ninguna parte salvo a unos urinarios que se inauguraron el 5 de julio de 1921 siendo alcalde José María Landa. Desde entonces, los evacuatorios públicos, donde las mujeres trabajadoras fueron la mano de obra barata y precarizada que los ha mantenido, han sido lugares, no solo de evacuación a dos aguas, sino también de encuentros furtivos y de socialización...