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Verano

Ayer el sol alcanzó su mayor elevación sobre el horizonte. Ya es verano. Durante años, llegada la canícula, escribo una columna. Manuel Vicent también lo hace. Todas sus columnas veraniegas están impregnadas de un lirismo mediterráneo y dulzón. Al leerlas, puedes oler a jazmín, escuchar las chicharras o mancharte con la sangre coagulada de los toros descuartizados en cientos de plazas. Durante años, esas columnas me influyeron hasta romantizar un tiempo de rituales de fuego y sol, amores fugaces, chiringuitos, cervezas, adolescentes encabritados por un sexo naciente, chancletas, calderetes y tiempos muertos en camiseta. Pero ese verano azul hiperliteraturizado y sobredimensionado no es universal. Pese a que algunos sigan empeñados en revivirlo como si no hubiéramos abandonado la infancia que lo sostiene. Le pasa también a esta ciudad, que espera el verano como si estuviera al borde de algo inefable. Sabe que con él se alcanza un estado cíclico del alma a punto de ser redi...
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Intemperie

No soy ajeno al naufragio contemporáneo en el mar de las dudas. Por eso, sospecho que últimamente mis columnas arrancan con el freno de mano echado. Lo noto desde que elijo el tema, lo proceso y lo escribo. Noto como si escribiera aprisionado en marcos narrativos más cómodos o menos arriesgados. Y en no pocas columnas me reconozco rehén de un miedo atávico a causar malestar o equivocarme por lo dicho. Como si la convicción de antes hubiera mutado en duda patológica. Como si escribir hoy, sobre cualquier cuestión, persona, hecho o situación, pudiera ser interpretado como un gesto de violencia simbólica. Para evitarlo, a veces uso la prótesis de la amabilidad mórbida, eligiendo temas que quizá no requieran complejidad interpretativa ni señalamientos directos. Y entonces, uno se da cuenta —de ahí esta columna— que, cuando el miedo domina las conversaciones públicas, las opiniones no es que desaparezcan, es que desaparecen los juicios solventes y honestos. Uno llega hasta aquí tras compro...

Cansados

Cansados. De no dormir, de querer llegar a tiempo, de no tener tiempo, de no llegar a fin de mes, de las primaveras de Pamplona, de comer mal, de beber peor, de hacer dietas, de hacer dietarios, de contar pasos, de tantas extraescolares, de viajar, de correr por ansiedad, de hacer planes, de deshacerlos, de simular la jubilación, de hacer yoga, del gimnasio, de cuidar y conciliar siempre las mismas, de quedar a todas horas, del móvil, de recibir mensajes, de las conversaciones pendientes, de trabajar tanto, de citarnos, de la hipoteca, de tanto estrés, de las aps contra el estrés, del puto wasap, de tanto mindfulness y flow détox, de los conspiranoicos, de hacer listas, de los listos, de la dictadura luminosa de los selfis, de buscar series, de las frases motivacionales, de la felicidad obligatoria, de la opinión pública, de las columnas como esta, de la administración electrónica, de las etiquetas de Zara, de tanta reunión, de las contraseñas, de la precariedad convertida en paisa...

Terraplaza San José, pues no.

Si perforamos la Plaza de San José, podremos oír su respiración. Debajo de esa plaza, que un tal Vidaurre quiere colonizar a golpe de hostelería vintage, se ubicó un poblado vascón de origen prerromano. Quizá esto a él le importe una mierda. Pero ese poblado atesora un secreto subterráneo. El silencio. Un silencio que cura el desánimo y la ansiedad. El silencio de una plaza que no ha soltado la cuerda de la historia. Como un espacio sin domesticar. Días atrás, esta plaza ha sido noticia. El constructor Óscar Vidaurre quiere abrir ahí un café con solicitud de terraza El ayuntamiento dice que no consta ninguna petición en este sentido y que, si llega, se estudiará, puesto que una cafetería no es hostelería y, por tanto, no estaría afectada por la declaración de zona saturada de bares. Bueno, no será la primera vez que una normativa laxa o poco exigente acabe permitiendo, de palabra, obra u omisión, que una cafetería funcione como un bar de copas. La vecindad se ha puesto en guardia. N...

Los españoles primero

Claro que sí. Vayan cogiendo cita para trabajar en las fincas y almacenes de fruta de Huelva o Lleida, en los campos de manzanas del Empordà, de melones, lechugas y brócoli de Cartagena o de pimientos, tomate y espárrago de la Ribera de Navarra. Venga, los primeros en los mataderos de Binéfar o de Murcia, en las explotaciones ganaderas de Galicia y Andalucía, en la recogida de aceituna de Jaén y al volante de autobuses, repartos de comida rápida y paquetería, detrás de las barras de los bares, sirviendo copas, paellas y bocadillos de calamares, también en los andamios de las obras, en las grúas y las escombreras o limpiando escaleras, váteres, oficinas y locales comerciales. Y también las españolas. Como empleadas domésticas, limpiadoras, camareras de hotel y cuidadoras de enfermos y personas mayores. Venga. Pues va a ser que no. Que ahí ni se les ve ni se les espera. Así que esto de la prioridad nacional, seamos claros, va de apartheid administrativo, de racismo de manual. Aunque lo...

Artemis y la horca

Hay días que ciertas imágenes o noticias, te nublan la vista, te sacan de tus casillas. Entonces, te viene a la mente ese verso de Emily Dickinson que dice “Sentí un funeral en mi cabeza”. Otras veces, las menos, oyes o lees o ves algo, y lloras porque sabes que nunca es demasiado tarde para nada. Ocurrió la semana pasada. Que el parlamento israelí aprobó la pena de muerte por ahorcamiento que se aplicará a los palestinos convirtiendo el asesinato en un asunto perfectamente legal. El impulsor de esta medida fue el ministro judeofascista Ben Gvir quien lleva en el reverso de la kipá, ese bonete que cubre la coronilla de muchos judíos, hilvanada una horca con hilo de oro. Gvir se encomienda a Yahvé tres veces al día y entre plegaria y plegaria, su abyecto corazón bombea litros de odio. Por eso celebró con champán que los palestinos pudieran ser asesinados con todas las de la ley. Por si quedaba alguna duda de que Israel ha agotado toda forma de piedad. Ver a ese tipo brindado por la ...

«A mear a otra parte, chaval.»

Mear se va a poner difícil. Ahora, si pasas de los sesenta y te viene el apretón, tienes hasta nueve baños públicos donde desaguar. Pero la cosa pinta mal. Este ayuntamiento, empeñado en ofrecernos una ciudad instagrameable, se va a dejar una pasta en el nuevo Paseo Sarasate con aspiraciones competitivas con Les Champs-Élysées. Y en ese reencantamiento del paseo, los baños públicos sobran. Joder, una ciudad sin urinarios te obliga a vivir con la vejiga en estado de alerta. Argumentan que mear será lo de siempre, pero sin bajar esas escaleras que más de uno ha confundido con la entrada al metro de Pamplona o con un subterráneo a ninguna parte salvo a unos urinarios que se inauguraron el 5 de julio de 1921 siendo alcalde José María Landa. Desde entonces, los evacuatorios públicos, donde las mujeres trabajadoras fueron la mano de obra barata y precarizada que los ha mantenido, han sido lugares, no solo de evacuación a dos aguas, sino también de encuentros furtivos y de socialización...