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Entradas

100 años de “Fiesta”

No sé si queda alguien en la ciudad que no sepa quién fue Hemingway. Otra cosa es quién ha leído a Hemingway. Y más. Quién en la ciudad se ha leído “Fiesta”, la novela del nobel de la que ahora se cumplen cien años desde su primera edición en 1926. Más bien poca gente. Así que ojo al dato, que diría JM García: en el mundo anglosajón es lectura obligada en universidades y objeto de estudio académico sobre el que se ha escrito desde múltiples perspectivas. El otro día vino a Pamplona, convocado por el Ateneo Navarro, Rodrigo Fresán, mitad argentino, mitad catalán, sin mucho renombre, pero de tal calidad literaria que bien podría aspirar al nobel. Manuel Bear, con una maestría periodística imponente, trazó con él un dialogo sobre “Fiesta” que fue más allá de una conversación sobre la novela y su significado. Fue una rave intelectual en manos de quien sabe preguntar y quien sabe responder. Se habló de la novela “Fiesta”, de su impacto en los sanfermines, que si sí que si no, de la masi...
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Feijox

En algún momento de nuestras vidas todos ejercemos de personajes secundarios. Incluso mediocres. Lo grave es no reconocernos como tales. Le pasa a Feijóo, que se cree Antonio Maura, pero su incapacidad retórica le lleva al insulto y el aullido. El otro día, Sánchez quiso quemar sus trapos sucios en el Congreso tratando de desactivar el modo suspensión moral de la realidad. Allí estaba Feijóo esperando un duelo al sol. Al oírle pensé que este hombre solo es feliz cuando alcanza el grado cero de lucidez. Entonces, busqué analogías literarias. Porque entre la realidad y la mentira está la literatura Las novelas de Dickens están llenas de tipos como él. Uriah Heep, en David Copperfield, posee un lenguaje plagado de fórmulas repetitivas y sustituye la verdadera modestia por la ambición y el resentimiento. Mr. Bumble, en Oliver Twist, es un burócrata arrogante de poca monta que usa más su uniforme que en su cabeza. Thomas Gradgrind, en Tiempos difíciles, representa una forma de comunicaci...

Verano

Ayer el sol alcanzó su mayor elevación sobre el horizonte. Ya es verano. Durante años, llegada la canícula, escribo una columna. Manuel Vicent también lo hace. Todas sus columnas veraniegas están impregnadas de un lirismo mediterráneo y dulzón. Al leerlas, puedes oler a jazmín, escuchar las chicharras o mancharte con la sangre coagulada de los toros descuartizados en cientos de plazas. Durante años, esas columnas me influyeron hasta romantizar un tiempo de rituales de fuego y sol, amores fugaces, chiringuitos, cervezas, adolescentes encabritados por un sexo naciente, chancletas, calderetes y tiempos muertos en camiseta. Pero ese verano azul hiperliteraturizado y sobredimensionado no es universal. Pese a que algunos sigan empeñados en revivirlo como si no hubiéramos abandonado la infancia que lo sostiene. Le pasa también a esta ciudad, que espera el verano como si estuviera al borde de algo inefable. Sabe que con él se alcanza un estado cíclico del alma a punto de ser redi...

Intemperie

No soy ajeno al naufragio contemporáneo en el mar de las dudas. Por eso, sospecho que últimamente mis columnas arrancan con el freno de mano echado. Lo noto desde que elijo el tema, lo proceso y lo escribo. Noto como si escribiera aprisionado en marcos narrativos más cómodos o menos arriesgados. Y en no pocas columnas me reconozco rehén de un miedo atávico a causar malestar o equivocarme por lo dicho. Como si la convicción de antes hubiera mutado en duda patológica. Como si escribir hoy, sobre cualquier cuestión, persona, hecho o situación, pudiera ser interpretado como un gesto de violencia simbólica. Para evitarlo, a veces uso la prótesis de la amabilidad mórbida, eligiendo temas que quizá no requieran complejidad interpretativa ni señalamientos directos. Y entonces, uno se da cuenta —de ahí esta columna— que, cuando el miedo domina las conversaciones públicas, las opiniones no es que desaparezcan, es que desaparecen los juicios solventes y honestos. Uno llega hasta aquí tras compro...

Cansados

Cansados. De no dormir, de querer llegar a tiempo, de no tener tiempo, de no llegar a fin de mes, de las primaveras de Pamplona, de comer mal, de beber peor, de hacer dietas, de hacer dietarios, de contar pasos, de tantas extraescolares, de viajar, de correr por ansiedad, de hacer planes, de deshacerlos, de simular la jubilación, de hacer yoga, del gimnasio, de cuidar y conciliar siempre las mismas, de quedar a todas horas, del móvil, de recibir mensajes, de las conversaciones pendientes, de trabajar tanto, de citarnos, de la hipoteca, de tanto estrés, de las aps contra el estrés, del puto wasap, de tanto mindfulness y flow détox, de los conspiranoicos, de hacer listas, de los listos, de la dictadura luminosa de los selfis, de buscar series, de las frases motivacionales, de la felicidad obligatoria, de la opinión pública, de las columnas como esta, de la administración electrónica, de las etiquetas de Zara, de tanta reunión, de las contraseñas, de la precariedad convertida en paisa...

Terraplaza San José, pues no.

Si perforamos la Plaza de San José, podremos oír su respiración. Debajo de esa plaza, que un tal Vidaurre quiere colonizar a golpe de hostelería vintage, se ubicó un poblado vascón de origen prerromano. Quizá esto a él le importe una mierda. Pero ese poblado atesora un secreto subterráneo. El silencio. Un silencio que cura el desánimo y la ansiedad. El silencio de una plaza que no ha soltado la cuerda de la historia. Como un espacio sin domesticar. Días atrás, esta plaza ha sido noticia. El constructor Óscar Vidaurre quiere abrir ahí un café con solicitud de terraza El ayuntamiento dice que no consta ninguna petición en este sentido y que, si llega, se estudiará, puesto que una cafetería no es hostelería y, por tanto, no estaría afectada por la declaración de zona saturada de bares. Bueno, no será la primera vez que una normativa laxa o poco exigente acabe permitiendo, de palabra, obra u omisión, que una cafetería funcione como un bar de copas. La vecindad se ha puesto en guardia. N...

Los españoles primero

Claro que sí. Vayan cogiendo cita para trabajar en las fincas y almacenes de fruta de Huelva o Lleida, en los campos de manzanas del Empordà, de melones, lechugas y brócoli de Cartagena o de pimientos, tomate y espárrago de la Ribera de Navarra. Venga, los primeros en los mataderos de Binéfar o de Murcia, en las explotaciones ganaderas de Galicia y Andalucía, en la recogida de aceituna de Jaén y al volante de autobuses, repartos de comida rápida y paquetería, detrás de las barras de los bares, sirviendo copas, paellas y bocadillos de calamares, también en los andamios de las obras, en las grúas y las escombreras o limpiando escaleras, váteres, oficinas y locales comerciales. Y también las españolas. Como empleadas domésticas, limpiadoras, camareras de hotel y cuidadoras de enfermos y personas mayores. Venga. Pues va a ser que no. Que ahí ni se les ve ni se les espera. Así que esto de la prioridad nacional, seamos claros, va de apartheid administrativo, de racismo de manual. Aunque lo...