Cansados. De no dormir, de querer llegar a tiempo, de no tener tiempo, de no llegar a fin de mes, de las primaveras de Pamplona, de comer mal, de beber peor, de hacer dietas, de hacer dietarios, de contar pasos, de tantas extraescolares, de viajar, de correr por ansiedad, de hacer planes, de deshacerlos, de simular la jubilación, de hacer yoga, del gimnasio, de cuidar y conciliar siempre las mismas, de quedar a todas horas, del móvil, de recibir mensajes, de las conversaciones pendientes, de trabajar tanto, de citarnos, de la hipoteca, de tanto estrés, de las aps contra el estrés, del puto wasap, de tanto mindfulness y flow détox, de los conspiranoicos, de hacer listas, de los listos, de la dictadura luminosa de los selfis, de buscar series, de las frases motivacionales, de la felicidad obligatoria, de la opinión pública, de las columnas como esta, de la administración electrónica, de las etiquetas de Zara, de tanta reunión, de las contraseñas, de la precariedad convertida en paisa...
Si perforamos la Plaza de San José, podremos oír su respiración. Debajo de esa plaza, que un tal Vidaurre quiere colonizar a golpe de hostelería vintage, se ubicó un poblado vascón de origen prerromano. Quizá esto a él le importe una mierda. Pero ese poblado atesora un secreto subterráneo. El silencio. Un silencio que cura el desánimo y la ansiedad. El silencio de una plaza que no ha soltado la cuerda de la historia. Como un espacio sin domesticar. Días atrás, esta plaza ha sido noticia. El constructor Óscar Vidaurre quiere abrir ahí un café con solicitud de terraza El ayuntamiento dice que no consta ninguna petición en este sentido y que, si llega, se estudiará, puesto que una cafetería no es hostelería y, por tanto, no estaría afectada por la declaración de zona saturada de bares. Bueno, no será la primera vez que una normativa laxa o poco exigente acabe permitiendo, de palabra, obra u omisión, que una cafetería funcione como un bar de copas. La vecindad se ha puesto en guardia. N...