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Creer

El escritor Martín Caparrós se muere. Él mismo lo confirma con la seguridad triste de los que alguna vez fueron adictos a algo. Le queda poco, unos años. Quien se lo pronostica no quiere aventurar cifras. Pero él sabe que es cuestión de tiempo. Un tiempo inerte, como la mirada del corzo ante la ballesta. «Sindiós» es su alegato; el de un ateo sin remedio que dice cosas como esta: «debe ser desolador saber que uno desaparece, pero peor aún debe ser ese momento si pensás que, en instantes, vos —o tu alma o lo que sea que seas— vas a tener que rendir cuentas (…) Y todo sin garantías procesales». Mas le valiera, pienso, creer, como dios manda. En cualquier dios, pero creer. Como hacen nueve de cada diez personas en el mundo. Mira Trump, Dios está de su lado, dice. Mira Rosalía, gracias a su fe de Lux siente: «un deseo que creo que solo Dios puede llenar» O Amaia, la de la Oreja, que ahora cree en Dios tanto o más que los poperos cristianos de Hakuma. O las más de 250.000 personas...
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Operación «Rubicón Moncloa»

Trump se encontraba jugando al golf en su mansión de Florida cuando ordenó el ataque sobre Venezuela con el objetivo de secuestrar a Maduro. Cojeaba ladeado sostenido por una artrosis reaccionaria. Nadie diría que el mundo podía salirse de su eje. Trump iba conectado a un pinganillo que le mantenía informado sobre los pasos de los comandos de mercenarios amparados por los Delta F0rce. En el momento que Trump hizo el primer “birdie” ordenó la operación. El psicópata de manual hizo así coincidir los dos disparos, el de su palo de golf y el que anunciaba la invasión blanqueada sobre el cielo de Caracas. A miles de kilómetros de allí, en Madrid DF, Feijoo y Abascal aún seguían celebrando el fin de año sanchista con una fijación tan patológica como Witold Gombrowicz por las ferreterías. Por eso, cuando se enteraron de la operación “Resolución absoluta” se llamaron inmediatamente. A ambos se les iluminó la mente pues aquello que ocurría tan lejano, pensaron, podía ser remasterizado en pl...

Enigmas 2026

Dos enigmas para estrenar el año. Uno, si la izquierda a la izquierda del PSOE, a pesar del permanente estado de discordia consigo misma, será capaz confluir en una UTI (Unión Temporal de Izquierdas) frente al proyecto fascista que se avecina. Y dos, si esa izquierda tiene todavía capacidad transformadora, o ha admitido definitivamente que es más fácil que llegue el fin del mundo que el fin del capitalismo. Preguntas que requieren el desvelo de otras previas: ¿Es la izquierda, o parte de ella, rehén de que cuanto peor vaya todo más opciones tendrá para capitalizar el descontento, a pesar de que ese descontento lo esté capitalizando la extrema derecha? ¿Andan las izquierdas inquietas frente al fascismo que amenaza con institucionalizarse sin cordones sanitarios de por medio? ¿Es por esto que Rufián va de político suicida sin línea de vida cuando reclama un frente defensivo frente al bloque fascista? ¿Es posible esa unidad de la izquierda que cada vez que se invoca acuden, como decía G...

Balsámico

El cielo de Gaza está tan cansado que apenas queda tiempo para llorar por su destrucción. Todavía hoy estallan luciérnagas de pólvora en nombre Yahvé. Lo hacen mientras un supuesto alto el fuego arde en el horizonte. Si es así, habrá que alegrarse. Mientras tanto, ese cielo sigue velando cadáveres. Ese plan se está negociando en Egipto. Hamás, Israel y los enviados trumpistas quieren llegar a una firma común. Si se logra, bingo. Pero uno duda. Y piensa cómo amanecerá Gaza mañana y pasado mañana y al otro. Cómo se medirá el tiempo, la esperanza, el hambre, el dolor, el futuro, el poder, el recuerdo de los muertos, el porvenir, la salud, alimentarse, poder lavarse, dormir, mirar al cielo sin ver el infierno. Qué quedará tras la fría anestesia del horror. Y uno se pregunta si es tan fácil que 66.000 muertos, 200.00 heridos, miles de desaparecidos bajo la escombrera gazatí y otros miles de desplazados sin horizonte, puedan quedar impunes, invisibles tras una neblina de incienso. Sin q...

El viejo pino

El viejo pino no aguantó la embestida de un viento sin piedad, un viento enloquecido, como una llamada de teléfono de desamor. Dicen que cayó a cámara lenta, como queriendo agarrarse al último suspiro de sus resecas raíces. El viejo pino tenía más de cien veranos y había sido testigo de noches de amor y de todas las lunas, de tormentas, granizos, vientos cierzos y “castellanos” y también de alguna guerra aún sin cicatrizar. Fue refugio de cientos de nidos y testigo mudo de miles de vuelos que los cernícalos convertían en piruetas de amor y de muerte. Cada año, llegado septiembre, cuando la luz desciende sobre los pimientos recién asados, el pino crecía varios milímetros. Lo hacía, dicen, para oír mejor el repique de campanas que anunciaban una procesión desde tiempo inmemorial. Y también dicen, quien lo ha visto crecer, que en algunas noches recargadas de estrellas, se podía oía su respiración que sonaba como un gemido. Entonces, algunas gentes se arrimaban a su tronco para encontrars...

Sirât

Todo el mundo hablaba de Sirât, esa película del director Oliver Laxe que empieza con una fiesta rave sahariana y acaba en lo más parecido a la gran sinfonía oculta del dolor y la desesperación. Juan Zapater empezaba su crítica como si se hubiera fumado a Cioran de una sentada: “Desde que la luz muerde a la pantalla, queda claro que Sirât ha sido forjada con cine de estremecimiento y angustia”. Si te prometen algo así, o abres la ventana para que entre la oscuridad o te apuntas a Torrente. Elegí la luz de los Golem. A una hora sofocante y en un día que todo parecía trascurrir sin consuelo. Pero fue empezar esa música sin afecto ni paz alguna, brutal de Kangding Ray, y saber que algo hipnótico iba a ocurrir. Y ocurrió. Un padre y su hijo pequeño buscan a una hija y hermana desaparecida hace cinco meses por las ardientes arenas del desierto marroquí. Este pretexto sirve para narrar el viaje pedregoso de unos personajes sin más rumbo que la inmensidad del desasosiego. A ritmo de rave...

Verano

Ya es verano. La gente se dispone a ser plenamente feliz. Aunque un vigilante de vertedero haya puesto al país patas arriba. Aunque el cielo siga escupiendo versículos del Levítico cargados de metralla sobre Palestina. No importa. A este mundo hemos venido a veranear, que decía Julio Iglesias. Y en esas estamos. Justo desde las 4,42 horas del pasado sábado 21. A esa hora, el sol alcanzó la máxima declinación secuestrando la noche más corta del año. Muchos balcones de la ciudad tenían abiertas sus ventanas de par en par y podía oírse el fulgor de algunas pasiones. También a esa hora, en muchos bares de pueblo, donde la barra sigue siendo un agarradero de sociabilidad, se seguía jugando al tute mientras la TV repetía imágenes de corruptos que llevan tiempo haciendo el agosto. Es verano, tiempo de chicharras que anuncian un sopor vespertino que sólo se aguanta al lado de un daiquiri escuchando canciones de Nick Cave. En el pecho de muchas adolescentes se ha producido una explosión im...