No soy ajeno al naufragio contemporáneo en el mar de las dudas. Por eso, sospecho que últimamente mis columnas arrancan con el freno de mano echado. Lo noto desde que elijo el tema, lo proceso y lo escribo. Noto como si escribiera aprisionado en marcos narrativos más cómodos o menos arriesgados. Y en no pocas columnas me reconozco rehén de un miedo atávico a causar malestar o equivocarme por lo dicho. Como si la convicción de antes hubiera mutado en duda patológica. Como si escribir hoy, sobre cualquier cuestión, persona, hecho o situación, pudiera ser interpretado como un gesto de violencia simbólica. Para evitarlo, a veces uso la prótesis de la amabilidad mórbida, eligiendo temas que quizá no requieran complejidad interpretativa ni señalamientos directos. Y entonces, uno se da cuenta —de ahí esta columna— que, cuando el miedo domina las conversaciones públicas, las opiniones no es que desaparezcan, es que desaparecen los juicios solventes y honestos. Uno llega hasta aquí tras compro...
Cansados. De no dormir, de querer llegar a tiempo, de no tener tiempo, de no llegar a fin de mes, de las primaveras de Pamplona, de comer mal, de beber peor, de hacer dietas, de hacer dietarios, de contar pasos, de tantas extraescolares, de viajar, de correr por ansiedad, de hacer planes, de deshacerlos, de simular la jubilación, de hacer yoga, del gimnasio, de cuidar y conciliar siempre las mismas, de quedar a todas horas, del móvil, de recibir mensajes, de las conversaciones pendientes, de trabajar tanto, de citarnos, de la hipoteca, de tanto estrés, de las aps contra el estrés, del puto wasap, de tanto mindfulness y flow détox, de los conspiranoicos, de hacer listas, de los listos, de la dictadura luminosa de los selfis, de buscar series, de las frases motivacionales, de la felicidad obligatoria, de la opinión pública, de las columnas como esta, de la administración electrónica, de las etiquetas de Zara, de tanta reunión, de las contraseñas, de la precariedad convertida en paisa...