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Mostrando entradas de junio, 2026

Feijox

En algún momento de nuestras vidas todos ejercemos de personajes secundarios. Incluso mediocres. Lo grave es no reconocernos como tales. Le pasa a Feijóo, que se cree Antonio Maura, pero su incapacidad retórica le lleva al insulto y el aullido. El otro día, Sánchez quiso quemar sus trapos sucios en el Congreso tratando de desactivar el modo suspensión moral de la realidad. Allí estaba Feijóo esperando un duelo al sol. Al oírle pensé que este hombre solo es feliz cuando alcanza el grado cero de lucidez. Entonces, busqué analogías literarias. Porque entre la realidad y la mentira está la literatura Las novelas de Dickens están llenas de tipos como él. Uriah Heep, en David Copperfield, posee un lenguaje plagado de fórmulas repetitivas y sustituye la verdadera modestia por la ambición y el resentimiento. Mr. Bumble, en Oliver Twist, es un burócrata arrogante de poca monta que usa más su uniforme que en su cabeza. Thomas Gradgrind, en Tiempos difíciles, representa una forma de comunicaci...

Verano

Ayer el sol alcanzó su mayor elevación sobre el horizonte. Ya es verano. Durante años, llegada la canícula, escribo una columna. Manuel Vicent también lo hace. Todas sus columnas veraniegas están impregnadas de un lirismo mediterráneo y dulzón. Al leerlas, puedes oler a jazmín, escuchar las chicharras o mancharte con la sangre coagulada de los toros descuartizados en cientos de plazas. Durante años, esas columnas me influyeron hasta romantizar un tiempo de rituales de fuego y sol, amores fugaces, chiringuitos, cervezas, adolescentes encabritados por un sexo naciente, chancletas, calderetes y tiempos muertos en camiseta. Pero ese verano azul hiperliteraturizado y sobredimensionado no es universal. Pese a que algunos sigan empeñados en revivirlo como si no hubiéramos abandonado la infancia que lo sostiene. Le pasa también a esta ciudad, que espera el verano como si estuviera al borde de algo inefable. Sabe que con él se alcanza un estado cíclico del alma a punto de ser redi...

Intemperie

No soy ajeno al naufragio contemporáneo en el mar de las dudas. Por eso, sospecho que últimamente mis columnas arrancan con el freno de mano echado. Lo noto desde que elijo el tema, lo proceso y lo escribo. Noto como si escribiera aprisionado en marcos narrativos más cómodos o menos arriesgados. Y en no pocas columnas me reconozco rehén de un miedo atávico a causar malestar o equivocarme por lo dicho. Como si la convicción de antes hubiera mutado en duda patológica. Como si escribir hoy, sobre cualquier cuestión, persona, hecho o situación, pudiera ser interpretado como un gesto de violencia simbólica. Para evitarlo, a veces uso la prótesis de la amabilidad mórbida, eligiendo temas que quizá no requieran complejidad interpretativa ni señalamientos directos. Y entonces, uno se da cuenta —de ahí esta columna— que, cuando el miedo domina las conversaciones públicas, las opiniones no es que desaparezcan, es que desaparecen los juicios solventes y honestos. Uno llega hasta aquí tras compro...