Ayer el sol alcanzó su mayor elevación sobre el horizonte. Ya es verano. Durante años, llegada la canícula, escribo una columna. Manuel Vicent también lo hace. Todas sus columnas veraniegas están impregnadas de un lirismo mediterráneo y dulzón. Al leerlas, puedes oler a jazmín, escuchar las chicharras o mancharte con la sangre coagulada de los toros descuartizados en cientos de plazas. Durante años, esas columnas me influyeron hasta romantizar un tiempo de rituales de fuego y sol, amores fugaces, chiringuitos, cervezas, adolescentes encabritados por un sexo naciente, chancletas, calderetes y tiempos muertos en camiseta. Pero ese verano azul hiperliteraturizado y sobredimensionado no es universal. Pese a que algunos sigan empeñados en revivirlo como si no hubiéramos abandonado la infancia que lo sostiene.
Le pasa también a esta ciudad, que espera el verano como si estuviera al borde de algo inefable. Sabe que con él se alcanza un estado cíclico del alma a punto de ser redimida por la fiesta que llega. Pero no llega para todos. Porque muchos cuerpos cansados deben continuar para sostener esa fiesta y los sobrecostes de este tiempo viscoso.
Y es que existe otro verano menos visible, el de quienes cuidan, trabajan y organizan el bienestar de los demás. Un verano que rara vez aparece en los relatos dominantes, pero sin el cual el verano idealizado no sería posible. En España, el 33% de las personas no puede irse de vacaciones. Porque mientras unos hacen las maletas, otras cuidan de menores, mayores o dependientes y afrontan el aumento de gastos que trae consigo la época estival. Y esa imagen del verano romantizado se convierte así en un privilegio inaccesible para quienes no pueden permitirse dejar de trabajar ni de cuidar.
Es verano, sí, pero lejos de ser una experiencia universal de descanso, refleja las profundas desigualdades que nos atraviesan.
Pese a todo, feliz verano.
Foto: Martin Parr
Hace 15 años escribí este artículo en Noticias de Navarra. Hoy hace 15 años de la muerte de este inmenso poeta catalán. Mientras algunos políticos analfabetos se enriquecen por el morro, mueren los poetas. A uno el cuerpo le pide mandarle a ese tal Galipienzo uno de los poemas de Miquel Martí i Pol, el poeta-obrero catalán muerto el martes pasado. Pero hay algunos hombres tan necios que si una sola idea surgiese de su cerebro, ésta se suicidaría abatida por su dramática soledad. Por eso prefiero seguir leyendo a este inmenso poeta que se ha ido en busca de un mundo donde reconstruir sus utopías. Miquel Martí i Pol fue una de las voces emblemáticas de la poesía catalana y un referente imprescindible de la identidad catalana. Un escritor de enorme carga emocional, un hombre que construía versos con los que se jugaba la vida en cada instante. Un obrero de toda la vida que empezó a trabajar a los catorce años en una fábrica de Rod...

Comentarios
Publicar un comentario