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Cuando te comulgabas

Cuando antes “te comulgabas”, se decía así, como se dice,  te vestías o te levantabas, porque comulgar, aunque era un verbo muy irregular, de día y poco más, se conjugaba como uno regular; porque servía para regularizar tu contrato con una fe que después perderías. Porque ya intuías que aquello sería una forma de esclavitud. En fin, cosas de cada cual.  Pero a lo que iba, que cuando te comulgabas, te regalaban cosas así: unos cubiertos de plata grabados con tus iniciales. Y tu abrías aquella caja con este contenido y decías para qué habiendo scalextrics  y coches de bomberos y fuertes con indios y todos esos deseos binarios, sexistas y hasta racistas que manejabas con  la ignorancia de aquellos años donde todavía tus padres tenían proporciones totémicas.  El otro día se cumplieron muchos años de este regalo de mediados de mayo. Los vi y me confirmaron la ausencia de sus donantes. 

Santa Codicia

Foto: Carolyn Drake Magum Photos  Aquella elegante mujer, hija de un depredador financiero, había aprendido muy bien el oficio. Tal es así que era capaz de ganar 17.800 € diarios. Como lo leen. Y así un año tras otro. Porque Patricia Botín, presidenta del Santander, hacía honor a su apellido. Por ejemplo, si se acostaba a las 12 de la noche y se levantaba a las 7 de la mañana, mientras dormía, o soñaba, o vaya usted a saber, se hacía con un botín de 2.542 euros por noche. Carlos Torres es presidente del BBVA. Dice que le sobran 3.000 empleados de su banco con el mismo cinismo con el que gana 2.300.000 euros al año. O si lo prefieren, 191.666 euros al mes. Aun así, dice que siente un vacío hasta los bordes. Pero si la jugada le sale bien, lo de mandar al paro a esos miles de operarios, ganará seis millones. No sé si conocen a un tal Goirigolzarri. Por el apellido les digo que anda cerca. Preside Caixabank. Gana 1,65 millones de euros al año y es devoto de Santa Codicia. El otro ...

¿ O qué ?

Nunca creí en el romanticismo clasista del confinamiento, ni en el merengue intimista del psicologismo positivista que anunció que de aquí saldríamos mejores, que de esta  aprenderíamos sí o sí. Tampoco en el aprovechamiento del dolor y la crisis como revulsivos para renovarnos y toda esa filosofía de saldo.  Llevamos año y pico esperando a que la vida vuelva despacio. Pero parece como si  como si  una glaciación nos hubiera  pasado por encima.  Recuerdo las primeras críticas políticas ante la gestión colonial y mercantil de la pandemia, la sanitarización de la sociedad y la evidencia de las desigualdades provocadas por el virus. Hoy los ejes de análisis se han desplazado. La vacuna se ha presentado como la única posibilidad de recuperar aquel tiempo perdido. Lo suscribo. Porque todo dios necesita que el futuro le envíe postales. Además, la vacuna ha reducido un 99,7% las muertes en las residencias. Pero sepamos que ese tiempo es el...

Colette

  Hoy hace exactamente 99 años que Sidonie- Gabrielle Colette, que así se hizo llamar,  interpretó sobre un escenario al que no se subía desde 1912,  el papel de Lea Lonvad en la representación numero 100 de la adaptación de su novela Chéri escria en 1920.  Colette, fue transgresora de sí mismay.  Se desnudó en publicó, se besó con mujeres y escribió notables novelas de su época. Presidió la Academia Goncourt y Francia la despidió con un funeral de estado.

La cabina

Al principio me dio miedo. Y pensé que el tiempo me había  caído encima como el aullido de mil lobos. Pero estaba allí, en Lerín. Como protestando contra la velocidad de las cosas. Y no pude por más que volver la vista atrás. Entonces, cuando uno arrastraba una juventud  muy jipi, se encontró de bruces con José Luis López Vázquez enjaulado en una cabina como esta. Me acerqué a la cabina para comprobar si había rastros de aquel día de 1972. De repente apareció Antonio Mercero por detrás, soplándome con su aliento en el cogote. Y sentí un escalofrío. Porque mientras me decía que no llevaba bien puesta la mascarilla, aparecieron varios operarios del ayuntamiento. Se llevaban la cabina con un vecino del pueblo dentro, un hombre ya mayor que había perdido su móvil y decidió probar suerte a ver si el pasado le devolvía la llamada. Entonces cargaron la cabina en un camión con el hombre dentro y varios vecinas del pueblo gritaban a la vez que el hombre se descomponía de páni...

Recordar

Entre esta fotografía hecha en Pamplona durante la segunda quincena de julio de 1936 y lo que hoy se recuerda, los 40 años del golpe de estado tejerino jamás investigado (1981), median 45 años. Solo. La sociedad del espectáculo que ya describiera Debord en 1967 es ahora intermediada y sometida a una virtualidad en la que la vida o el recuerdo se interpretan a la luz de las imágenes vacías, fragmentadas, descontextualizadas e incluso despolitizadas. Porque como diría Jane Austen “la memoria es a veces tan fiel, tan obediente ,tan servicial y, otras, tan veleidosa, tan austera; y otras aún más, tan tiránica e ingobernable”

Dorotea Barnés González

Aquí, en esta casa situada en la calle Zapatería 19, (Pamplona) levantada según los planos del arquitecto Florencio Ansoleaga en 1892, en el segundo piso, a las dos de la madrugada del 21 de diciembre de 1904, nació una niña a la que pusieron por nombre Dorotea Barnés González. Su madre se llamaba Dorotea González. El parto fue asistido por Regina Salcedo, comadrona que vivía en la calle Mayor 23. Ese día hacía frio en Pamplona, 3º y la Navidad estaba a la vuelta de la esquina, de hecho en la Pastelería Iruña se anunciaban ya los turrones de Alicante y Jijona y en el Gayarre se representaba a las 8 de la noche la obra “El húsar de guardia”. Esa niña, que vivió poco tiempo en Pamplona, iba a ser famosa. Y hoy, Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, es imprescindible recordarla. Porque esa niña, hija de Francisco Barnés que llegó a ser Ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes en 1933, quizás por ser hija de quien era, pudo estudiar. Pero fue por méritos propios p...