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El dueño de mi muerte

No vi morir a mi padre. No llegué al hospital por una hora. Una hora de su tiempo ya muerto.   Caronte se había cansado de esperar a un hombre que los últimos diez meses de su vida fueron una agonía sin desenlace. Había sufrido varios ictus que lo inmovilizaron por completo, que lo dejaron sin habla, y lo peor, mi padre no podía comer y además padecía ageusia, una enfermedad que le impedía saber a qué sabían los alimentos. No notaba nada, excepto cuando soñaba. Muchas veces me miraba desde el fondo del abismo en que se había convertido su vida, como solicitándome un salvavidas, pero ya estaba ahogado. Muchas veces nadé con él en ese infierno y muchas más pensé en ayudarle a morir porque, como dice Menéndez Salmón, no merece la pena vivir por lo que no se está dispuesto a morir. Incluso ideé un plan para convencer al médico que le atendía para que, traspasar el espejo fuera un acto heroico, limpio y feliz. No pude y lo peor, él tuvo que esperar a que el cuerpo lo arrastrara hast...

Día Mundial del Cáncer

  Fotografía: Philipp Halsman /Magnum Photos/  Recibió la llamada a las 10,30 de la mañana aproximadamente. Fuera hacía un frío que penetraba como una sonda en el cuerpo. Pero ella estaba recostada en el sofá arropada con una manta presa de un inconfesable agotamiento que le tribuía a fluido de nuestra cotidianidad. Había desayunado escuchando la obra póstuma de Leonard Cohen, “ Thanks for the dance ”. Cuando cogió el teléfono recuerda que sonaba “ Happens to the Heart”* .- Dígame se atrevió a decir nerviosa, .- mire le llamo del Consultas Externas del Hospital, es para comunicarle que tras las pruebas detectadas, nos gustaría hablar con usted para valorar los resultados y nos.., colgó el teléfono presa de pánico. Como se cierra una puerta tras sentirte perseguida en esos sueños de caída libre. Su respiración se cortó en seco y sintió el miedo royéndole el cogote. No sabe por qué le vino la imagen de mucha gente sin más rumbo que la inmensidad. Y también sintió, com...

La Jarauta

Calle Jarauta, Pamplona-Iruña, febrero2020 En aquella calle la mayor parte de la realidad se disolvía en el aire del olvido. Aquí vivieron comerciantes, notarios y familias ilustres. Y putas y gitanos de raza. En 1700 fue la calle de los pellejeros, pero desde 1906 se llama Joaquín Jarauta, La Jarauta . Hoy es una de las calles más degradadas de la ciudad. Vive gente sí, pero como dejándose caer y esperando lo inevitable.   Aquí la pobreza severa apalea a un 18,6 de la población. Pero ese malvivir de muchos   resuena poco. A no ser por la Jarauta 69. Aquí la soledad es la compañía de mucha gente mayor. Y muchos sobreviven hacinados en habitaciones de mala muerte que se pagan a 350 euros. Aquí la gente se ha vuelto refractaria al paro. Tanto que saquea su propia vida para ofrecerla al mejor postor. Muchas familias están enganchadas a la desesperanza vital de un futuro imperfecto. Aquí no quedan apenas comercios, ni tiendas. Ha habido una descapitalización general...

Infieles

Entras por curiosidad en la Iglesia de san Cernin, en el corazón de la Pamplona toda la vida y te encuentras esto. Y te da un vuelco, no ya el corazón, sino la razón. Y te preguntas cómo es posible que esto se mantenga a no ser que el párroco sea un chatarrero de almas o un chamarillero del espriritu. Y te vas a la EC Wiki, la enciclopedia católica online, y te dice que los Infieles (Latin in , privativo, y fidelis ), son “todos los que so ignorantes   del verdadero Dios , como los paganos  de varias clases. Y también a aquellos que lo adoran,  pero no reconocen a Jesucristo,  como los  judíos, musulmanes,   estrictamente hablando.” Y sales de allí y te encuentras con decenas de musulmanes comprando en la calle Mayor y en Jarauta y en la Calle Campana y no sabes si reír o llorar. Pero prefieres leer a Cioran cuando dice ¿No será Dios mi propio estado de la nada?

Cita a ciegas

Foto: Philip Jones Griffiths /Magnum Photos/ Aquel encuentro estaba   a punto de celebrarse. Hacía tiempo que la   realidad se había poblado de ficciones y aquellos dos hombres tenían el encargo de acabar con aquella depresión colectiva. Ambos se creían históricos pero se habían comportado como histéricos. Quim Torra llegó a la Moncloa muy nervioso. Había llegado en el AVE y durante todo el viaje estuvo preparando su encuentro con Pedro Sánchez, quien le esperaba en Palacio. No había dormido bien. Cuando ambos se encontraron en el pórtico de la Moncloa sus pulsaciones eran similares. A Sánchez su smartwatch   le marcaba 120 latidos por minuto. Quim iba a 110. Cuando se dieron la mano, ambos   notaron una sudoración fría que les puso en guardia. Llegaron al despacho y tras los saludos de rigor, qué tal tiempo en Barcelona, bien, menos frío que aquí, sí, llevamos días de niebla, pero hoy, ya ves, ha salido el sol y se agradece; abordaron el tema que les había ju...