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Entradas

Ortega y casi Gasset

Casa Ortega, noviembre de 2019 Cada vez que paso por delante de esta tienda siento algo extraño. Algo así como esos animales salvajes que huelen el amanecer con la indisimulada sospecha de que sí, que después de todo, esta puede ser la ultima salida de sol. Pero insisto en pasar ahí, desafiando esa negra intuición.  Ortega lleva muchos años, muchos en plena calle Mayor. Recuerdo a sus empleadas porque yo trabajaba, cuando era un crio de 14 años en Tejidos Gorriz, en el actual Condestable. Sigo entrando en  Ortega.Y me invento cualquier excusa para comprar; unos pañuelos de “mocos” de los que nadie usa o un par de calcetines. Solo para sentir la totalidad de ese paisaje donde comprar todavía es una épica fascinante. Donde al mirar las estanterías repletas de un género aún sin globalizar, sientes que ahí están todas esas preguntas que permanecen sin respuesta. Porque en ese universo, el paso universal del tiempo se confunde con el paso privado de nuestra vidas. Entrar en...

Avoxcal

Conocí a Abdelaziz en un centro de menores hace un año. Sí, es un “mena”. Ahora tiene 15 años y se mueve como un relámpago que cruza la oscuridad. Sus ojos son un par de ventanas abiertas al crepúsculo. Nació en la aldea marroquí de Beni Abdallah, donde la miseria no te hace compartir los mismos sueños, sino las mismas pesadillas. Un lugar áspero que, como dice Mestre, solo madruga para ir a fabricar el agua de las lágrimas. Allí, tiene dos hermanas raptadas que cuid an a una madre ciega y un padre desconocido. Tenía también dos hermanos que firmaron su finiquito en el mar de todos los muertos. Abdelaziz jamás fue a la escuela. Nació en una región donde la producción de hachís y la emigración son el santo y seña de su historia. Allí el 95% de la población es pobre. Porque ni las remesas de los prófugos ni el hachís dan para vivir. Abdelaziz tenía un libélula en el corazón mientras otros tienen un patria. Así que solo le quedaba huir. Lo encontraron en Algeciras adosado a los bajos...

Houston tenemos un problema

A estas alturas  ustedes ya saben lo que nos espera. Otras elecciones o un pacto trampa. Y me pregunto si existe algo más rastrero que fracasar a la hora de matarse, ese extraño vicio hecho arte por una izquierda que no podrá gobernar si no es desahuciándose a sí misma. Tampoco la derecha y la ultraderecha unidas jamás serán ungidas. Pero sienten el vértigo de caer hacia arriba. Los nacionalismos, pese a la demonización, ganan terreno y sin ellos no hay investidura. Pero tras la sentencia, Sánchez no tendrá ningún voto independentista. Y ni siquiera una sopa de letras indigesta alcanzaría los 176 escaños. Así que se adivinan nuevas lógicas subvertidas. La principal, que el PSOE se inmole en el altar de la traición y pacte un acuerdo de Estado con el PP para cerrar el costurón independentista a sabiendas que la sinceridad se ha hecho imposible. Ese acuerdo se estaría fraguando por dos razones. Una, porque ese Frente Constitucional Antiindependentista sería el mejor instrument...

Y el vivo al bollo

  Foto: Cristina García Rodero ¿Quién puede negarle un favor a un muerto? Me hice esa pregunta mientras caminaba   la semana pasada por el cementerio de Pamplona. La tarde era cálida y transcurría bajo un cielo incendiado. Estaba cercano el uno de noviembre y los muertos esperaban, como cada año, a seguir muriendo. Entré por la Puerta del Río y observé que algunas familias gitanas, de luto inmaculado, cerraban los ojos de sus muertos, porque dicen que si no, el cadáver permanecerá en un estado de semivigilia y nunca morirán el todo.   Y rociaban   sus tumbas con   rosas, claveles   y camelias; como si quisieran conquistar la eternidad. Cerca de ellas, en la calle de San Marcos, algunas mujeres llevaban gravada en el rostro la hipoteca del dolor y la soledad. Y sobre la tumba de sus seres queridos depositaban lágrimas de santidad. Por la mirada que alguna de ellas me dirigió, sospeché que quizás, aquellas viudas no le temían al brev...

Zona Cero

Esta foto está hecha en la zona cero de la pobreza de Pamplona. En la confluencia de las calles Eslava y Jarauta, donde vivir es más duro que fracasar a la hora de matarse. Una zona desconocida y olvidada de manera intencionada por el poder, sea de derechas o de izquierdas. Donde, si te paras un poco y observas a tu alrededor, todo parece surgir única y exclusivamente del tragaluz de ese agujero negro y sin fondo que devora todo su resplandor, como dice Fresán. La pobreza y el desamparo de esta zona se anuncian aquí, en cada pasquín atrapado por esa verja impuesta por la ley Mordaza, esa que bloquea toda escapada, como si el mundo estuviera en llamas y en estas calles solo se pudiera ir al epicentro del fuego.

Ah, la violencia

FOTO: ELLIOT ERWITT MAGNUM Cuando Pedrojoy le pide a Torra que condene la violencia sabe que está jugando a pillar. Pedrojoy sabe que su exigencia no responde a  ningún interés ético, pero necesita construir un nuevo enemigo interior para aplazar los debates que desde hace 40 años reclaman día y hora. Porque como dice Xandru Fernández, desde que ETA ya no existe una parte del ecosistema español se ha quedado sin legitimidad. Y es que la violencia que Pedrojoy y los Abascales y los Riveras y las Cayetanas están pidiendo condenar no tiene nada que ver con la conciencia. Es un tiqui-taca especulativo que solapa la incapacidad de negociación de todos ellos. Un autoengaño del que se saca partido. Dice Avishai Margalit en  The decent society  que una sociedad decente es aquella que no humilla. Pues bien, la condena de esa violencia trampeada se ha convertido en un juego de humillación, pero no de valoración del hecho traumático.  seguir leyendo

Invisibles

Ernets Cole, Magnum Photos Hay veces que uno no sabe dónde está el centro de gravedad de la vida. Si en Plaza Catalunya o en cualquier habitación de mala muerte realquilada por 400 euros. Adiof   Zadi es un nombre imaginado. Vive aquí. Dice que tiene 29 años, pero no está seguro. Nació en una choza construida con latas viejas en la aldea de Tafolo, en Costa de Marfil. Cuando hubo reunido 500 dólares tras   años de trabajos forzados puso rumbo a Mali. En ese precio iban incluidas dos violaciones, un intento de asesinato, una tentativa de suicidio, dos secuestros en el trayecto hacia Argelia y quince días a pan duro y agua sucia. Vio cadáveres que confundió con animales y animales famélicos que confundió con hombres.   Llegó aquí tras pasar por Almería. De eso hace cuatro años. Cuando llegó fue acogido por gentes de buena voluntad. Acudió a los   servicios sociales, Cruz Roja y Cáritas. Todo el mundo le oía, pero pocos escuchaban el latido de su vida. La razón...