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Campaña

Hay personajes que se consideran intachables. Que van por la vida perdonándosela a los demás. Que viven instalados en la verdad infinita, entre la justicia inescrutable de las divinidades a las que rinden pleitesía. Sólo les falta estar sentados a la derecha de padre para perpetuarse, por los siglos de los siglos, en la eternidad de los justos de palabra, obra y omisión. Hay gente que nunca se ha cuestionado su verdad porque ellos son la verdad. Personajes camaleónicos a los que su biografía no les ha impedido adaptarse a unos tiempos globales, banales, ingrávidos, virtuales, amnésicos y apáticos. Gente que, de flojear esta democracia informal, no dudarían en cantar el cara el sol con la camisa vieja. Ellos se mueven a la perfección por un presente sin memoria. Un tiempo a su servicio que les protege de la adversidad política porque, mientras ganen las elecciones les da igual lo que pase. Porque tienen la legitimidad para hacer de su capa un sayo. El Sr. Del Burgo es uno de ello...

Farsas

Aznar se ha columpiado en la mentira constante sabiendo que mentir es una forma de estar en forma. Aznar, y otros también, saben que el rédito de credibilidad de un gran embuste es infinitamente mayor que la explicación de una verdad humilde y sincera. Este sistema global necesita de tipos como él. Aznar y sus maceros, léase empresarios, periodistas, acróbatas de la intelectualidad, tecnócratas y otros, han ninguneado muchas verdades. Desde el Prestige y la guerra de Irak hasta la terrible manipulación de la matanza del 11- M. Aznar necesitaba mentir para seguir vivo. Y es que cuando la verdad le apretaba el cogote, él miraba para otro lado. Eso mismo le ha pasado a Calisto Tanzi, el baranda de la multinacional láctea italiana Parmalat. No se ha cortado un pelo y ha puesto encima de la mesa de dirección 15.000 despidos para salvar su pellejo y el de la sociedad que representa. El caso de esta empresa es el típico de una sociedad hecha unos zorros, injusta, global, ins...

Dakar 2015

Veo a esos aventureros de rebajas, arrasando las tierras del África más jodida,   subidos en una moto que brama en el desierto, y se me mueven las vísceras. No se a qué están esperando algunas organizaciones para meterle mano a   ese impresentable rally que lleva    años escupiendo arena ardiente sobre la memoria ultrajada de un continente. Cada vez   que las televisiones   de ciento sesenta y cinco países muestran esas imágenes de coches llenando de polvo las aldeas empobrecidas por las que atraviesa el París-Dakar, siento un escalofrío de indignación. Esa carrera de pijos   insensibles   recorre ocho mil kilómetros por tierras de miseria y   hambruna, tantos como    los que tenía la travesía forzada que un día emprendieron   los esclavos que partían de Dakar rumbo a América para ser explotados y aniquilados por la colonización blanca. Hoy, Europa se blinda ante la inmigración de los “sinpapeles” y   “muertosdehamb...

Pateras

Al otro lado del estrecho ya olía a primavera. En Tarifa, en algunas terrazas del Paseo Marítimo, se servían boquerones fritos y el viento de Levante llevaba hasta las costas de Africa un olor a fritanga que excitaba a los descendientes de los primeros esclavos  que atravesaron el Atlántico. Koutiala Bani había nacido en Freetown, capital de Sierra Leona, en un suburbio infectado de traficantes de marfil y prostitutas con Sida. Era el mayor de cinco hermanos que habían visto decapitar a su padre por un mocoso de trece años que vomitaba heroína adulterada sobre los cadáveres que coleccionaba, como muestra de hombría, durante la guerra civil que asoló al país durante 1991.    Bani lloró amargamente durante un mes hasta que se despidió de su madre. Sobre la tumba de su padre prometió vengar su muerte y volver con el dinero suficiente para liberar de la miseria a su familia. Pero para eso había que cruzar un mar que, para entonces, ya estaba infectado de cadáveres que ...

Sangre de parado

F ui a la oficina del paro para comprobar que efectivamente era del paro y no del empleo. Y así era. Todo el mundo estaba solidificado, como suspendido en el aire intentando dar un paso al frente. Aunque solo tenían delante una funcionaria educada que preguntaba cosas extrañas en un lenguaje ininteligible. Había oído que la multinacional farmacéutica Grifols, productora de hemoderivados, había hecho una propuesta a los parados de larga duración. Pregunté si era verdad que allí pagaban setenta euros semanales por encima del subsidio si donabas sangre. Me dijeron que sí con matices. Verás, me dijeron; Víctor Grifols, presidente de la farmacéutica, ha dicho que su empresa pagaría por las donaciones unos setenta euros semanales. Y eso sumado al paro sería una forma de vivir. Entendí entonces porqué la mayoría de los parados estaban en mangas de camisa dispuestos a la extracción de su sangre. Y comprendí también la razón del discurso penal que se está construyendo contra ellos. En aq...

El discurso del rey

Españoles, españolas, siguiendo la tradición borbónica, me dispongo a desearos unas felices fiestas. He de deciros que no me resulta fácil, ni mucho menos cómodo hacerlo. Sí, no os extrañéis de estas palabras que quieren ser sinceras pese a reconocer mi poca credibilidad. Decía que me cuesta felicitaros las pascuas navideñas y me siento un apóstata del lenguaje. Porque, pese a lo que diga el presidente, sé que el horno no está para bollos, porque   quizás   no hay horno y me temo que tampoco bollos. Pero lo que más me incomoda es hablaros de cerca. Nunca lo he hecho. Mis padres me protegieron de la plebe y de las miradas a ras de tierra. Como a esos que miran por encima del hombro de sus semejantes.   Así que esto me supone un esfuerzo, incluso verbal. Me cuesta por tanto hablar en nombre de esta familia sin sentir vergüenza ajena y propia. Porque desde que mi padre la   mancilló -a esta familia e institución que dicen represento-   en   nombre de no s...

Casco Viejo (Pamplona), la resaca perpetua

A quel barrio se había convertido, por obra y gracia del fino olfato de algunos hosteleros y una reglamentación muy flácida, en el abrevadero nocturno de la ciudad. De eso algunos estaban contentos y hasta presumían de ello. Incluso pensaban que contribuía a revitalizar un barrio cuyo índice de sociabilidad era directamente proporcional a la tasa de alcoholemia. Sin embargo, la vecindad estaba harta de vomitonas, escraches etílicos y una berrea nocturna que secuestraba sus sueños de jueves al domingo. Todo en nombre de un ocio y un negocio a proteger, el del beborcio, que primaba sobre derechos ciudadanos que a muchos se la traían al pairo. Y es que aquel barrio, donde día sí día también cerraba una tienda de toda la vida, se había convertido en un parque temático abonado al  juevintxo  y al cubata. Aquí reinaba la intocable libertad posmoderna que permitía a uno pasarse cuarenta pueblos sin más pena que la batida de palmas colectiva. Aquel barrio estaba abonado a la resa...