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Contra la soberbia

Miguel Sanz no durmió bien la noche del jueves 11 de abril al viernes 12. Ese día, viernes de pasión para él,   declaraba como imputado por el cobro de dietas en la antigua CAN. Se acostó ya inquieto, no cenó y un murmullo interior, cercano al desasosiego le invadió mientras apuraba un vaso de leche caliente que le había preparado su esposa Villar. Apenas dijo nada y la mirada fija de su entrecejo  se confundía en las sombras de una noche que se avecinaba larga. A las tres y cuarto   de la madrugada, sudoroso, se despertó agitado por un sueño extraño y cruel. Sus amigos más íntimos   le estaban azotando con látigos de brea incendiada mientras su cuerpo desnudo   colgaba de un árbol muerto y sin hojas. Ya no logró conciliar el sueño mientras  se removía incesante en la cama empapada por las secreciones que producen los miedos de dudosa procedencia interior. Apenas se reconocía. Se levantó a las 6,30, el sol todavía no lucía aquella mañana...

Cerca de la apoteosis

Al comienzo de esta crisis, quizás algo más avanzada, cuando la saturación de excrementos inundaba ya  la vida política y social,  leí una columna de Manuel Vicent que venía a decir que, agotada la crítica, por exceso,  a las instituciones enmarañadas en la red de animadversión popular, de los políticos, sus gestos, sus actitudes, sus actos y agotado también el análisis empírico  de la realidad, porque ya sabemos qué pasa, por qué pasa y cual es el fondo más negro de los comportamientos de cada uno de los corruptos que nos gobiernan y adoctrinan desde sus púlpitos mediáticos, agotada esta vía de entendimiento de la realidad, decía Vicent,  solo cabía la literatura como acto de salvación, como acto explicativo y expiatorio de una realidad nueva e inaccesible cautiva en  su escoria desoladora. No fui capaz de seguirle. Me negué a creer que la literatura, por si sola, con su capacidad de remover y construir mundos nuevos, pudiese no ya explicar...

Navarra: moción de censura

Si todo sale como está previsto, no en el guión, sino en la   perversa agenda del socialismo navarro, la moción de censura contra la Presidenta, fracasará. Porque ellos, los socialistas,   volverán a sostener un régimen, que no ya un gobierno,   que se ha convertido en personalista. Nadie sabe, o sí, a cambio de qué lo van a hacer. La sola explicación de no apoyarla porque es Bildu quien la promueve, no se sostiene. Otra cosa es que ellos necesiten esa explicación para evitar resolver   su contradicción y conflicto interno. Y si realmente es así como expondrán su negativa, los socialistas navarros deberían revisar su ética y responsabilidad. Esa de la que tanto alardean. Por un lado, los socialistas navarros exigen formalmente la dimisión de Barcina, pero por otro impiden esa posibilidad, que se efectuaría de hecho si apoyasen   la moción. Dicen que porque Bildu no tiene su confianza. Como si aún persistiera en este grupo, un pestilent...

Tarifa

Marruecos desde Tarifa Me fui hasta la punta de Tarifa para ver si la ruina de España tenía fin. Pero desde allí, si miras al sur, solo ves un estrecho que es violado cada día por 250   grandes cargueros que rayan la línea del horizonte. A veces,   trato de imaginar qué hay en ese fondo de océano gris plata por el lado del   Atlántico,   y azul cobalto por el lado del Mediterráneo. Solo lo imagino. Pero dicen que miles de cadáveres sin nombre, sin respuesta, sin llamada perdida descansan bajo unas aguas en estado de alerta, controladas por las mafias de un lado y   otro de ese estrecho   que ya no separa la Europa próspera de la miseria africana. Y sin embargo, la lista negra de los apóstoles de la muerte, se ensancha cada día en busca de una patera que los traiga a este lado de una abundancia ficticia. Dicen que cualquier cosa con tal de huir de las muchas  maldiciones africanas. 

Copias baratas

Tal vez, Cecilia Giménez, esa anciana de Borja (Zaragoza) que intentó recuperar el Ecce homo pintado en uno de los muros de la iglesia de la Misericordia, se inspiró y animó a ello después de ver esta película. Un paisano suyo restauró, en una ermita aragonesa,  el fresco de La Dolorosa. Y pasó lo que pasó. La Dolorosa, 1934, director, Jean Grémillon, una película con interesantes elementos trágicos, místicos y bastantes surrealistas. 

Filmoteca de Navarra

Ayer llovía, a mares, a charcos, como si el cielo  reventase lleno de furia.  En la Filmoteca de Pamplona, un excelente escenario para degustar buen cine, proyectaron la película La delgada línea roja , del director Terrence Malick. Una película antibélica pero llena de guerra, una inmensa película que me sobrecogió. Una película triste, muy dolorosa y aunque suene raro, profundamente hermosa. La guerra, el poder, la ética, la honra el valor, se consumen en casi tres horas llenas de belleza y dolor. Rodada en Australia, desfilan por sus créditos tipos  Sean Penn, Adrien Brody, James Caviezel, Ben Chaplin, George Clooney, John Cusack, Woody Harrelson, Elias Koteas, Jared Leto, Dash Mihok, John Travolta, Randall Duk Kim y John Savage. Salí del cine y seguía lloviendo pero había paseado por los pasajes más idílicos nunca jamás filmados en una película de guerra.  Y allí había escuchado una frase inmensa: "Yo he visto otro mundo, aunque a veces creo que lo imaginé...

¿Qué fué de aquellas colas del paro?

La semana pasada soñé que me quedaba en el paro. Leerse la   reforma feudal del mercado laboral tiene esos efectos secundarios. Así que por la mañana, sin saber si había dejado la alucinación en la almohada o no, me fui angustiado a   la oficina de la Rochapea. Desde el ascensor de Descalzos, la nueva Rochapea se ve roturada a cartabón. Imaginé entonces que también esa oficina habría sufrido similares efectos devastadores. Efectivamente. Me extravié en mi propio laberinto y la encontré muy cambiada. No me aclaraba   si aquello era una oficina de empleo o de desempleo. Por un lado, el Estado se empeña en llamarlas de empleo, pero la gente las conoce como oficinas del paro, lo que demuestra que la gente vive     la realidad pero   el Estado se la inventa. A lo que iba. En aquella oficina reinaba un   silencio que cortaba el aliento. Nadie   protestaba, ni blasfemaba. Allí solo palpitaba la sumisión del vencido por la renuncia envilecedora. Lu...